La mansión estaba llena de invitados.
La cena benéfica reunía a empresarios, políticos y familiares bajo la enorme lámpara de cristal que dominaba el vestíbulo principal. Todo parecía elegante y perfecto.
Pero alguien había preparado una ejecución.
Valeria descendía lentamente por la gran escalera.
Tenía ocho meses de embarazo.
Una mano descansaba sobre su vientre mientras sonreía educadamente a los invitados.
Detrás de ella caminaba Elena, la sirvienta que llevaba más de treinta años trabajando para la familia.
De pronto, Elena levantó la vista.
Escuchó un pequeño crujido.
Miró hacia el techo.
El enorme candelabro oscilaba ligeramente.
Entonces vio el cable principal.
Estaba completamente cortado.
Solo unos pocos hilos seguían sosteniendo varias toneladas de cristal.
No había tiempo para gritar.
No había tiempo para explicar.
Elena corrió.
Empujó con todas sus fuerzas a Valeria.
Valeria perdió el equilibrio.
Rodó por varios escalones y cayó violentamente sobre la alfombra.
Sintió un fuerte dolor en la espalda y abrazó desesperadamente su vientre.
Las lágrimas llenaron sus ojos.
Miró a Elena con horror.
El cable terminó de romperse.
El gigantesco candelabro cayó directamente sobre la escalera.
El estruendo hizo temblar toda la mansión.
Miles de cristales estallaron en todas direcciones.
El lugar donde Valeria había estado un instante antes quedó completamente destruido.
Ella comprendió la verdad.
Elena no había intentado matarla.
Le había salvado la vida.
Pero la sirvienta no alcanzó a apartarse.
Se lanzó sobre Valeria para cubrirla con su propio cuerpo.
Los fragmentos de cristal golpearon su espalda, sus brazos y su rostro.
Un vidrio le abrió una profunda herida sobre la ceja.
Otro le cortó la mejilla.
La sangre comenzó a caer sobre el vestido blanco de Valeria.
—¡Señora… está bien…? —preguntó Elena con la voz temblorosa.
Valeria rompió a llorar.
—¿Por qué hizo eso por mí?
—Porque usted todavía tenía tiempo de vivir.
Los invitados corrían en todas direcciones.
Entonces apareció Daniel.
Bajó apresuradamente desde el segundo piso fingiendo desesperación.
Se arrodilló junto a Valeria.
—¡Dios mío!
Después señaló inmediatamente a Elena.
—¡Ella empujó a mi esposa!
Varios invitados asintieron confundidos.
Solo habían visto a la sirvienta empujar a la embarazada.
No habían visto lo que ocurrió antes.
Daniel abrazó a Valeria.
—Tranquila… ya pasó.
Vamos a llamar a la policía.
Elena, todavía sangrando, levantó lentamente la cabeza.
Algo llamó su atención entre los restos del candelabro.
Se arrastró hasta el centro del vestíbulo.
Apartó varios cristales.
Y encontró el extremo del cable.
Lo levantó delante de todos.
El corte era completamente limpio.
No se había roto por accidente.
Había sido cortado con una herramienta.
Elena observó el cable.
Después miró lentamente la mano derecha de Daniel.
Él seguía sosteniendo algo.
Intentó esconderlo.
Demasiado tarde.
Eran unas pinzas de corte industrial.
Todavía tenían pequeños hilos metálicos atrapados entre las cuchillas.
Elena levantó el cable.
Su voz apenas podía salir entre el dolor.
—Usted… cortó el cable.
Todo el salón quedó en silencio.
Daniel bajó la mirada hacia su mano.
Había olvidado soltar las pinzas.
Uno de los ingenieros invitados tomó el cable.
Lo examinó unos segundos.
Luego miró las herramientas.
—El corte coincide perfectamente.
No fue un accidente.
Valeria sintió que el aire desaparecía.
Miró a Daniel.
Después a Elena.
Y finalmente al candelabro destrozado.
Comprendió toda la verdad.
La mujer a la que había acusado de intentar matar a su bebé…
Acababa de salvarles la vida a ambos.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Elena…
Lo siento…
La sirvienta sonrió con dificultad.
—Lo importante era que usted sobreviviera.
Daniel dejó de fingir.
Toda expresión de preocupación desapareció de su rostro.
Guardó lentamente las pinzas en el bolsillo.
Miró a Valeria.
Después a Elena.
—Qué lástima.
Estuvieron tan cerca.
Valeria retrocedió.
—¿Por qué?
Daniel respondió sin emoción.
—Porque cuando ese niño nazca…
Todo lo que mi padre construyó dejará de ser mío.
Elena intentó levantarse.
—No lo haga…
Daniel metió la mano dentro de la chaqueta.
Sacó una pistola.
Los invitados comenzaron a gritar.
Algunos corrieron hacia la salida.
Otros se escondieron detrás de las columnas.
Daniel apuntó directamente a las dos mujeres.
—Si conocen la verdad…
No puedo dejar que salgan vivas de aquí.
Valeria abrazó su vientre.
Elena se colocó delante de ella una vez más, aun estando herida.
—Tendrá que dispararme primero.
Daniel levantó lentamente el arma.
—Eso pensaba hacer.
Apretó el gatillo.
El disparo retumbó por toda la mansión.
Las luces temblaron.
Los invitados cerraron los ojos.
Durante un instante…
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Cuando el humo comenzó a disiparse…
Una persona yacía inmóvil sobre el suelo.
La pistola había caído unos metros más allá.
Pero entre el polvo, los cristales rotos y los gritos…
Nadie podía distinguir quién había recibido la bala.
Valeria abrió lentamente los ojos.
Daniel también.
Elena seguía inmóvil.
Y justo antes de que la policía irrumpiera en la mansión, una mano ensangrentada comenzó a moverse entre los restos del candelabro…
Pero nadie alcanzó a ver de quién era.