El tren privado cruzaba las montañas a toda velocidad.
A ambos lados solo había bosques, acantilados y un profundo valle cubierto por la niebla.
En el último vagón viajaba Valeria.
Tenía ocho meses de embarazo.
Sus muñecas estaban atadas a un asiento y una cuerda rodeaba su cintura. Apenas podía moverse.
Frente a ella estaba Teresa.
Su suegra.
La mujer sostenía una llave inglesa en una mano.
Miró el sistema de acoplamiento entre el último vagón y el resto del tren.
Después sonrió.
—Ese niño nunca llevará nuestro apellido.
Valeria comenzó a llorar.
Teresa tiró de la palanca de seguridad.
El enorme acoplamiento metálico se abrió con un estruendo.
El último vagón se separó del tren.
Durante unos segundos siguió avanzando por inercia.
Después comenzó a perder velocidad.
El resto del convoy desapareció delante.
El vagón quedó solo.
Y empezó a retroceder lentamente por la pendiente.
Valeria sintió el movimiento.
Teresa dio un paso hacia la puerta.
—Entonces desaparecerán los dos.
Saltó al penúltimo vagón justo antes de que la distancia fuera demasiado grande.
La puerta se cerró.
Valeria quedó completamente sola.
El vagón comenzó a deslizarse cuesta abajo cada vez más rápido.
Las montañas devolvían el eco del metal.
Delante de ella no había nadie.
Pero detrás…
A varios kilómetros…
Había un viejo puente ferroviario destruido por un derrumbe.
Valeria intentó romper las cuerdas.
No pudo.
Miró por la ventana.
El tren ya aceleraba sin control.
En el convoy principal, Daniel sintió el fuerte tirón cuando el último vagón se soltó.
Corrió hacia la parte trasera.
Llegó justo a tiempo para ver cómo el vagón desaparecía pendiente abajo.
Y dentro…
Su esposa golpeaba desesperadamente el cristal.
—¡Valeria!
Ella levantó la cabeza.
—¡Daniel!
Sin pensarlo dos veces, Daniel abrió la puerta del penúltimo vagón.
El viento golpeó su rostro.
Calculó la distancia.
Esperó unos segundos.
Y saltó.
Durante un instante quedó suspendido entre ambos vagones.
Sus manos alcanzaron una barra exterior.
Su cuerpo chocó violentamente contra el metal.
Pero no cayó.
Comenzó a trepar mientras el vagón seguía descendiendo.
Las ruedas golpeaban los rieles con fuerza.
Cada curva amenazaba con lanzarlo al vacío.
Finalmente llegó hasta una ventana lateral.
Tomó el martillo de emergencia.
Golpeó el cristal.
Una vez.
Dos.
Tres.
La ventana estalló.
Daniel entró rodando al interior.
Valeria rompió a llorar.
—Pensé que no vendrías.
—Siempre voy a encontrarte.
Sacó una navaja y comenzó a cortar las cuerdas de sus muñecas.
Quedó libre.
Después desató la cuerda de su cintura.
En ese momento, Valeria se llevó las manos al vientre.
Su respiración cambió.
Daniel levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
Otra contracción la atravesó.
Mucho más fuerte que las anteriores.
Valeria gritó.
—¡Daniel… el bebé viene ahora!
Él sintió que el corazón se detenía.
Miró el pasillo.
Después el panel de control.
Necesitaban detener el tren.
La tomó de la mano.
—Ven conmigo.
Corrieron hasta la cabina del vagón.
Daniel tiró con fuerza de la palanca del freno de emergencia.
No ocurrió nada.
Volvió a intentarlo.
La palanca quedó completamente suelta.
Estaba rota.
Alguien la había destruido.
Sobre el suelo encontró un pequeño sobre.
Dentro había una nota escrita con la letra de Teresa.
“Sin frenos. Sin salida.”
Daniel apretó el papel con rabia.
Miró por la ventana delantera.
A lo lejos apareció el viejo puente.
La mitad central había desaparecido tras un derrumbe meses atrás.
Solo quedaban los extremos suspendidos sobre el abismo.
Valeria también lo vio.
—No…
Daniel abrió un panel de mantenimiento.
Intentó acceder al sistema neumático.
Las tuberías estaban cortadas.
No había forma de activar el freno.
Buscó la radio.
Los cables también habían sido arrancados.
Todo había sido preparado.
El tren seguía acelerando.
Entonces recordó una antigua válvula manual situada bajo el vagón.
Podía bloquear parcialmente las ruedas.
Pero debía accionarse desde el exterior.
Daniel abrió la puerta lateral.
El viento casi lo lanzó fuera.
Valeria lo sujetó del brazo.
—No.
—Es la única oportunidad.
—Si sales, caerás.
Él sonrió.
—Todavía no he incumplido ninguna promesa.
Salió al estrecho estribo metálico.
Se sujetó con una mano.
Con la otra comenzó a avanzar hacia la parte inferior.
Las montañas pasaban como un borrón.
El ruido era ensordecedor.
Encontró la válvula.
Intentó girarla.
Estaba completamente oxidada.
Empujó con todas sus fuerzas.
No se movió.
Dentro del vagón, Valeria volvió a gritar.
Las contracciones eran cada vez más frecuentes.
Se apoyó contra un asiento.
—Daniel…
Él escuchó su voz.
Miró hacia arriba.
Y volvió a intentar mover la válvula.
Esta vez cedió apenas unos milímetros.
Las ruedas delanteras chirriaron.
La velocidad disminuyó ligeramente.
Pero no era suficiente.
El puente estaba cada vez más cerca.
Daniel regresó al interior.
Se abrazó a Valeria.
—Solo un poco más.
Ella negó con lágrimas.
—No llegaremos.
En ese instante, el vagón entró en una curva.
Un fuerte golpe sacudió toda la estructura.
Las primeras ruedas comenzaron a salirse de los rieles.
El vagón vibró violentamente.
Una rueda quedó suspendida en el aire.
Después otra.
Toda la estructura empezó a inclinarse hacia el abismo.
El equipaje cayó al suelo.
Los cristales estallaron.
Daniel abrazó a Valeria para protegerla.
Ella apoyó una mano sobre su vientre.
—El bebé…
El vagón continuó inclinándose.
Solo dos ruedas seguían sobre los rieles.
El resto colgaba sobre el vacío.
Daniel vio una cadena de emergencia colgando del techo.
La arrancó.
La pasó alrededor de un gran asiento metálico.
Después aseguró el otro extremo alrededor de la cintura de Valeria.
—¿Qué haces?
—Si el vagón cae…
No terminarás en el fondo con él.
—¿Y tú?
Él no respondió.
Volvió a mirar el puente.
Solo faltaban unos segundos.
Entonces se escuchó el ruido de un helicóptero.
Un equipo de rescate ferroviario había recibido la señal automática del convoy al separarse el último vagón.
El piloto vio la escena.
—¡Tenemos contacto visual!
Uno de los rescatistas abrió la puerta lateral.
Preparó un cable de extracción.
Pero el vagón estaba demasiado inestable.
No podían acercarse.
Abajo, el barranco parecía infinito.
El tren avanzó unos metros más.
La primera rueda abandonó completamente los rieles.
La segunda también.
El vagón quedó apoyado únicamente sobre un extremo del eje trasero.
Daniel tomó la mano de Valeria.
—Mírame.
Ella respiraba con dificultad.
Otra contracción.
Más fuerte.
—No puedo…
—Sí puedes.
Nuestro hijo necesita escucharte.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Prométeme algo.
—Lo que quieras.
—Si solo puedes salvar a uno…
Salva al bebé.
Daniel negó.
—Voy a salvarlos a los dos.
En ese instante, el vagón llegó al borde del puente destruido.
La parte delantera quedó suspendida en el vacío.
Todo el peso avanzó hacia delante.
El metal comenzó a doblarse.
El helicóptero descendió todo lo posible.
El rescatista lanzó el cable.
Cayó justo junto a Daniel.
Él lo atrapó.
Lo sujetó alrededor de Valeria.
Después intentó asegurar el otro extremo a su propio cuerpo.
No hubo tiempo.
El suelo bajo sus pies se partió.
El vagón comenzó a caer.
El cable del helicóptero se tensó.
Valeria fue arrancada del interior.
Daniel quedó todavía dentro.
Los dos se miraron.
Sus manos seguían unidas.
Durante un segundo parecían suspendidos entre el cielo y el abismo.
Entonces el vagón desapareció bajo ellos.
Y la mano de Daniel comenzó a resbalar.
—¡Daniel!
—No te soltaré…
Pero sus dedos ya no podían sostenerla.
El helicóptero empezó a elevar a Valeria.
Mientras tanto, Daniel caía junto con el último vagón hacia el vacío.
Y justo antes de que la niebla lo ocultara por completo…
Valeria escuchó una voz muy débil desde abajo:
—Cuida… de nuestro bebé.