Una joven quedó sola en una gasolinera durante la noche mientras tres hombres rodeaban su auto… hasta que el rugido de decenas de motos convirtió el miedo de ella en el peor terror de los agresores.

La lluvia golpeaba violentamente el techo metálico de la vieja gasolinera abandonada mientras el viento arrastraba hojas mojadas por la carretera vacía.

Era casi medianoche.

Y aquel lugar parecía olvidado por el mundo.

Solo una pequeña tienda iluminada seguía abierta junto a las bombas de gasolina parpadeando bajo luces débiles.

Emma respiró profundamente dentro de su automóvil intentando no entrar en pánico.

El indicador de combustible marcaba casi vacío.

Por eso se detuvo allí.

No tenía opción.

Pero en cuanto apagó el motor…

Sintió que algo no estaba bien.

Tres hombres permanecían bajo el techo lateral de la estación observándola desde hacía demasiado tiempo.

Demasiado fijamente.

Uno fumaba.

Otro bebía cerveza.

El tercero sonreía de una forma que hizo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo.

Emma tragó saliva y tomó rápidamente el teléfono.

Sin señal.

Perfecto.

La lluvia seguía cayendo más fuerte ahora.

La carretera estaba completamente vacía.

Ni un solo auto.

Ni una sola persona.

Solo oscuridad.

Y aquellas miradas.

Intentó actuar normal.

Bajó lentamente del vehículo sosteniendo las llaves entre los dedos como si fueran una pequeña arma improvisada.

—Solo paga y vete —se repetía mentalmente.

Pero entonces escuchó risas detrás de ella.

Los tres hombres comenzaban a acercarse lentamente.

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