La mansión estaba llena de invitados cuando ocurrió.
Empresarios, familiares y amigos de la élite conversaban bajo una enorme lámpara de cristal. La música sonaba suavemente y los camareros cruzaban el vestíbulo con bandejas de champán.
En lo alto de la gran escalera apareció Valeria.
Tenía siete meses de embarazo.
Llevaba un vestido blanco y caminaba con una mano sobre su vientre. Detrás de ella avanzaba Elena, la sirvienta más antigua de la casa.
Valeria sonreía con dificultad.
Aquella noche había decidido contarle a toda la familia algo importante: después de recibir varias amenazas anónimas, abandonaría la mansión y se marcharía lejos con su bebé.
Pero antes de bajar el último tramo de escaleras, Elena levantó la mirada hacia el balcón del segundo piso.
Y se quedó paralizada.
Oculto entre las columnas estaba Daniel, el esposo de Valeria.
Sostenía una ballesta de caza.
La cuerda estaba tensada.
La flecha apuntaba directamente al pecho de su esposa.
Elena no tuvo tiempo de explicar nada.
Corrió hacia Valeria.
Y la empujó con todas sus fuerzas.
Valeria perdió el equilibrio.
Rodó por varios escalones mientras gritaba y protegía desesperadamente su vientre. Terminó en el suelo del vestíbulo, golpeada y confundida.
Los invitados quedaron horrorizados.
Todos miraron a Elena como si acabara de intentar matar a Valeria.
Una flecha cruzó el aire.
Pasó sobre la escalera.
Y se clavó violentamente en la pared, justo donde Valeria había estado antes de caer.
El impacto hizo temblar un cuadro.
La punta quedó hundida a la altura exacta de su pecho.
El salón entero quedó en silencio.
Elena no había intentado hacerle daño.
La había salvado.
Valeria miró la flecha con los ojos abiertos por el terror.
Comprendió que, de no haber sido empujada, habría muerto frente a todos.
Elena bajó corriendo.
—Perdóneme, señora. No había tiempo para avisarle.
Valeria intentó incorporarse, pero un fuerte dolor recorrió su espalda.
—¿Quién disparó?
Antes de que Elena pudiera responder, Daniel apareció en lo alto de la escalera.
Ya no llevaba la ballesta.
Había escondido el arma.
Bajó corriendo con una expresión perfectamente ensayada de preocupación.
—¡Valeria!
Se arrodilló junto a ella.
—¿Estás bien? ¿Qué te hizo esa mujer?
Después señaló a Elena.
—¡La empujaste! Todos te vieron.
La sirvienta lo miró con incredulidad.
—Usted disparó esa flecha.
Daniel fingió sorpresa.
—¿Yo? ¿Estás loca?
—Lo vi desde arriba.
—Eres una empleada resentida intentando culparme por lo que hiciste.
Algunos invitados dudaron.
Habían visto a Elena empujar a Valeria.
Pero nadie había visto claramente quién disparó.
Daniel tomó la mano de su esposa.
—Amor, no la escuches. Está intentando confundirte.
Valeria lo miró.
Algo en su voz no parecía preocupación.
Parecía miedo.
Miedo a ser descubierto.
Elena caminó hasta la pared.
Sujetó la flecha con ambas manos y tiró con fuerza.
La arrancó.
Luego la levantó ante todos.
Cerca de las plumas había un pequeño símbolo grabado en plata.
Un lobo rodeado por una corona.
Elena giró la flecha para mostrarlo.
—Esta marca pertenece a su colección privada.
Uno de los invitados se acercó.
Era un viejo amigo de Daniel que había visitado varias veces su sala de armas.
—Es verdad —dijo—. Todas sus flechas tienen ese emblema.
Los murmullos llenaron el vestíbulo.
Daniel dejó de sonreír.
Valeria observó la flecha.
Recordó las largas tardes en las que su esposo practicaba tiro en los jardines de la propiedad. Recordó que jamás permitía que nadie tocara su colección.
Miró lentamente hacia él.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Intentaste matar a nuestro bebé?
Daniel no respondió.
—Dime que no fuiste tú.
Él bajó la mirada hacia su vientre.
Por unos segundos todavía intentó mantener la máscara de esposo preocupado.
—Valeria, estás alterada.
—Respóndeme.
Daniel apretó la mandíbula.
—Ese niño nunca debió existir.
El aire desapareció del salón.
Valeria sintió que el corazón se le rompía.
—Es tu hijo.
—Y también es el heredero principal.
Daniel se puso lentamente de pie.
Su rostro ya no mostraba preocupación.
Solo odio.
—En cuanto nazca, mi padre transferirá la mitad de las acciones a un fondo administrado en su nombre. Yo perderé el control de la empresa que llevo toda mi vida esperando.
Valeria negó entre lágrimas.
—¿Querías matarnos por una herencia?
—No se trata solo de dinero.
Daniel miró a todos los presentes.
—Se trata de poder.
Elena se colocó delante de Valeria.
—La policía ya viene.
Uno de los invitados levantó su teléfono.
—Estoy hablando con ellos ahora.
Daniel lo miró.
Y comprendió que su plan había terminado.
Entonces metió la mano dentro de su chaqueta.
Elena abrió los ojos.
—¡Cuidado!
Daniel sacó una pistola.
Los invitados comenzaron a gritar.
Algunos corrieron hacia las salidas. Otros se escondieron detrás de las columnas y los muebles.
Valeria intentó levantarse, pero el dolor no se lo permitió.
Daniel apuntó hacia ella.
—Si ese bebé nace, todo lo que construí desaparecerá.
—Tú no construiste nada —respondió Valeria con la voz rota—. Solo heredaste el poder de otros.
El rostro de Daniel se endureció.
—Últimas palabras peligrosas.
Elena extendió los brazos frente a Valeria.
—Tendrá que dispararme primero.
Daniel sonrió con desprecio.
—Eso puede arreglarse.
Levantó el arma.
Entonces un fuerte golpe sacudió las puertas principales.
Los guardias de seguridad de la mansión irrumpieron en el vestíbulo.
—¡Suelte el arma!
Daniel giró hacia ellos.
Elena aprovechó el instante.
Lanzó la flecha contra su brazo.
La punta golpeó su muñeca.
La pistola cayó al suelo.
Uno de los guardias corrió hacia Daniel, pero él empujó una mesa y logró escapar hacia la biblioteca.
—¡Cierren todas las salidas! —gritó el jefe de seguridad.
Los invitados se apartaron.
Daniel entró en la biblioteca y cerró las puertas.
Valeria miró a Elena.
—¿Qué hay ahí dentro?
La sirvienta palideció.
—Su colección de armas.
Un segundo después se escuchó el sonido de varios cerrojos abriéndose.
Daniel no estaba intentando escapar.
Estaba preparándose.
Los guardias se colocaron frente a las puertas.
Las sirenas de la policía ya se escuchaban a lo lejos.
Un médico invitado a la fiesta se arrodilló junto a Valeria.
—Necesito revisar al bebé.
Sacó un pequeño monitor de emergencia de su bolso y lo colocó sobre su vientre.
Todos esperaron.
Durante varios segundos no se escuchó nada.
Valeria dejó de respirar.
—¿Por qué no se oye?
El médico movió el aparato.
Entonces apareció un latido.
Débil.
Pero presente.
Valeria cerró los ojos y comenzó a llorar.
—Está vivo.
Elena tomó su mano.
—Su bebé es fuerte.
Desde la biblioteca se escuchó la voz de Daniel.
—¡Valeria!
Ella levantó la cabeza.
—¡Todo esto es culpa tuya!
Daniel golpeó las puertas desde dentro.
—¡Debiste aceptar el dinero y desaparecer!
Valeria comprendió algo.
—¿Qué dinero?
Elena evitó su mirada.
Valeria la observó.
—¿Qué está ocultando?
La sirvienta guardó silencio unos segundos.
Luego sacó una pequeña memoria USB escondida dentro de su uniforme.
—Su esposo intentó pagarme para cambiar sus vitaminas por medicamentos que provocarían la pérdida del bebé.
Valeria quedó inmóvil.
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Desde hace semanas.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
Elena bajó la mirada.
—Porque necesitaba pruebas.
Le entregó la memoria.
—Aquí están sus conversaciones, los pagos y el nombre del médico que lo ayudaba.
Valeria reconoció inmediatamente el nombre que aparecía escrito en una etiqueta.
Era su propio obstetra.
El hombre que había controlado todo su embarazo.
—No…
En ese instante, las puertas de la biblioteca se abrieron de golpe.
Daniel apareció con un rifle de caza en las manos.
Los guardias levantaron sus armas.
—¡Bájelo!
Él apuntó directamente hacia Valeria.
—Dame esa memoria.
Valeria la apretó contra su pecho.
—Aquí está toda la verdad, ¿verdad?
—Dámela y nadie más tendrá que morir.
Elena se inclinó hacia Valeria y susurró:
—No es la única copia.
Daniel alcanzó a escucharlo.
Su expresión cambió.
—¿Qué dijiste?
Elena levantó la mirada.
—Todo fue enviado automáticamente a la policía hace diez minutos.
Por primera vez, Daniel pareció sentir verdadero miedo.
Las sirenas se detuvieron frente a la mansión.
Las puertas principales se abrieron.
Varios agentes armados entraron al vestíbulo.
—¡Suelte el rifle!
Daniel miró a su alrededor.
No tenía salida.
Pero en lugar de rendirse, apuntó hacia la gran lámpara de cristal que colgaba sobre Valeria.
Disparó.
La bala rompió la cadena principal.
La lámpara comenzó a caer.
—¡Valeria! —gritó Elena.
Todos corrieron.
Los guardias se lanzaron sobre Daniel.
Elena cubrió con su cuerpo a la mujer embarazada.
La enorme lámpara cayó sobre la escalera y explotó en cientos de fragmentos.
El salón quedó lleno de polvo, cristales y gritos.
Cuando el humo comenzó a desaparecer, Daniel estaba inmovilizado contra el suelo.
Los agentes le colocaban las esposas.
Valeria seguía viva.
Elena había logrado apartarla unos segundos antes del impacto.
Daniel levantó el rostro desde el suelo.
—Esto no ha terminado.
Valeria lo miró mientras los paramédicos la colocaban sobre una camilla.
—Sí terminó.
Levantó la memoria USB.
—Porque esta vez todos verán quién eres realmente.
Daniel sonrió de una manera extraña.
—Todavía no entiendes.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Él miró hacia su vientre.
—Yo no soy el único que quiere que ese bebé desaparezca.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Quién más?
Antes de que pudiera responder, uno de los agentes se lo llevó hacia la salida.
En ese momento, el teléfono de Elena comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
La sirvienta contestó.
Al otro lado, una voz distorsionada dijo:
—Salvaron a la madre.
Hubo una pausa.
—Pero el bebé todavía no ha nacido.
La llamada terminó.
Elena levantó lentamente la mirada hacia Valeria.
Aquella noche habían descubierto que Daniel intentó matar a su esposa y a su propio hijo.
Pero también habían descubierto algo peor.
Él no estaba actuando solo.
Y la persona que había ordenado todo seguía dentro de la familia.