La pequeña niña señaló a la criada en medio de la fiesta… y lo que dijo después hizo llorar a todo el salón

Las luces doradas iluminaban el enorme salón como si fuera un palacio.

Todo brillaba.

Las mesas estaban cubiertas con flores blancas, cristales importados y decoraciones que costaban más que una casa entera. La música suave llenaba el ambiente mientras empresarios, políticos y celebridades levantaban copas de champagne bajo enormes candelabros de cristal.

Era el cumpleaños de Isabella Montenegro.

La hija única de uno de los hombres más ricos del país.

Apenas cumplía siete años.

Y su padre había organizado la fiesta más extravagante de la ciudad.

Había magos.

Cantantes famosos.

Regalos gigantes.

Incluso una montaña de chocolates decorando el centro del salón.

Todos querían acercarse a la pequeña Isabella.

Porque agradarle a la hija del magnate significaba agradarle al hombre más poderoso del lugar.

Por eso las personas sonreían demasiado.

Hablaban demasiado dulce.

Y fingían cariño constantemente.

Pero Isabella apenas respondía.

La niña permanecía sentada en silencio abrazando un viejo conejito de peluche algo desgastado.

No parecía feliz.

Y eso comenzaba a incomodar a todos.

Su padre, Alejandro Montenegro, observaba preocupado desde la mesa principal.

Era un hombre serio.

Frío.

Acostumbrado a controlar todo.

Pero cuando se trataba de su hija… se volvía completamente vulnerable.

Porque Isabella era lo único que realmente amaba desde la muerte de su esposa años atrás.

Sin embargo, desde hacía meses la niña había cambiado.

Hablaba menos.

Sonreía menos.

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