Ya eran más de las diez de la noche.
Las luces de la mayoría de las oficinas estaban apagadas.
Solo algunos empleados seguían trabajando en los últimos pisos.
Valeria salió lentamente de su despacho.
Tenía siete meses de embarazo.
Llevaba una pequeña caja con sus pertenencias personales.
Y una carta de renuncia dentro del bolso.
Había tomado una decisión.
Renunciaría esa misma noche.
Abandonaría la ciudad.
Y criaría a su bebé lejos de todos.
No quería dinero.
No quería escándalos.
Solo quería proteger a su hijo antes de que la verdad destruyera demasiadas vidas.
Cuando llegó a la escalera de emergencia, una voz la detuvo.
—Sabía que intentarías irte.
Era Mónica.
Su jefa directa.
Directora de Recursos Humanos.
Una mujer elegante.
Fría.
Y siempre impecable.
Mónica cerró lentamente la puerta metálica detrás de ellas.
El ruido del seguro hizo eco en toda la escalera.
Valeria sintió un escalofrío.
—Necesitamos hablar.
—Ya no hay nada que hablar.
Mónica dio un paso adelante.
—Sí lo hay.
Si el CEO descubre de quién es ese bebé…
Las dos estamos arruinadas.
Valeria negó inmediatamente.
—Nunca quise contarle nada.
Ni pedirle un centavo.
Solo quería desaparecer.
Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
—Presenté mi renuncia.
Pensaba irme esta noche.
No quiero destruir ninguna familia.
Mónica permanecía inmóvil.
Pero no parecía aliviada.
Parecía aterrorizada.
Y aquello desconcertó a Valeria.
—¿Entonces por qué haces esto?
Mónica bajó la mirada unos segundos.
—Porque ya es demasiado tarde.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
La directora respiró profundamente.
—El problema nunca fue el CEO.
El verdadero problema es lo que su esposa descubriría.
Valeria sintió que algo no encajaba.
—No entiendo.
Mónica levantó la vista.
Su expresión había cambiado.
Ahora parecía desesperada.
—Hay secretos que jamás debieron salir a la luz.
Antes de que Valeria pudiera responder…
Mónica la empujó con todas sus fuerzas.
El cuerpo de la joven golpeó la barandilla.
Y comenzó a caer por la escalera.
Los escalones retumbaron con cada impacto.
Su grito atravesó todo el edificio.
En ese mismo instante, una puerta se abrió violentamente.
Era Alejandro Rivas.
El director ejecutivo de la compañía.
Había regresado para recoger unos documentos olvidados.
Al escuchar el grito, corrió hacia la escalera.
—¡Valeria!
Descendió los escalones desesperadamente.
La encontró al pie de la escalera.
Con lágrimas en los ojos.
Protegiendo instintivamente su vientre.
Alejandro cayó de rodillas.
La sostuvo entre sus brazos.
—Llamen a una ambulancia.
¡Ahora!
Valeria respiraba con dificultad.
Le tomó la mano.
Y susurró con la poca fuerza que le quedaba.
—Escúchame…
Él acercó el oído.
—No hables.
Todo va a salir bien.
Ella negó lentamente.
—Ella…
No te está cubriendo a ti…
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué?
Valeria hizo un enorme esfuerzo.
—Está cubriendo…
A tu esposa.
El tiempo pareció detenerse.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
La puerta de la escalera seguía abierta.
Y allí, inmóvil, estaba Victoria.
Su esposa.
Vestida con un elegante abrigo blanco.
Sin lágrimas.
Sin sorpresa.
Sin miedo.
Solo observando la escena con una tranquilidad escalofriante.
Como si hubiera sabido exactamente lo que iba a ocurrir.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—Victoria…
Ella descendió lentamente un par de escalones.
Miró a Valeria.
Luego a su esposo.
Y finalmente a Mónica, que permanecía inmóvil en lo alto de la escalera.
Nadie dijo una palabra.
Hasta que la sirena de una ambulancia comenzó a escucharse en la calle.
Fue entonces cuando Alejandro notó algo.
La cámara de seguridad instalada sobre la puerta tenía una luz roja encendida.
Seguía grabando.
Todo.
El encierro.
La discusión.
El empujón.
Y la presencia de Victoria antes incluso de que él llegara.
Comprendió que aquella noche no había sido un accidente.
Había sido un plan.
Y por primera vez miró a la mujer con la que compartía su vida como si nunca la hubiera conocido.
Mientras los paramédicos entraban corriendo al edificio, Valeria cerró los ojos aferrándose a su vientre.
Alejandro apretó su mano con fuerza.
Porque ya no solo luchaba por salvarla a ella.
También necesitaba descubrir qué secreto tan oscuro era capaz de convertir a dos personas en cómplices de un crimen.
Y entendió demasiado tarde que el mayor enemigo nunca había estado dentro de la empresa.
Había estado esperándolo cada noche al volver a casa.