Una joven caminaba llorando por una avenida llena de gente… hasta que un perro callejero le impidió seguir adelante

La Avenida Central estaba repleta de personas.

Los semáforos cambiaban.

Los automóviles avanzaban lentamente entre el tráfico de la tarde.

Los vendedores ambulantes ofrecían café, periódicos y flores.

Cientos de personas caminaban de un lado a otro.

Cada una atrapada en sus propios problemas.

En sus propias prisas.

En sus propias vidas.

Y por eso nadie notó a la joven.

O quizás sí la notaron.

Simplemente decidieron mirar hacia otro lado.

Porque lloraba.

Lloraba como alguien que acababa de perderlo todo.

Las lágrimas caían sin control por sus mejillas.

Sus pasos eran rápidos.

Desesperados.

Como si estuviera huyendo.

O intentando llegar a algún lugar antes de que fuera demasiado tarde.

Se llamaba Emma.

Tenía veinticinco años.

Y sentía que el mundo entero se estaba derrumbando sobre ella.

Sujetaba con fuerza un viejo bolso marrón.

Dentro guardaba documentos médicos.

Recetas.

Facturas.

Y una noticia que había destruido todo lo que creía posible.

Su madre estaba muriendo.

Los médicos habían sido claros aquella mañana.

Necesitaba una operación urgente.

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