La cena familiar se celebraba en el comedor principal de la mansión.
La mesa estaba cubierta con porcelana fina, cubiertos de plata y enormes arreglos de flores blancas. A su alrededor se sentaban empresarios, familiares y amigos cercanos de la familia.
En el centro estaba Valeria.
Tenía ocho meses de embarazo.
Una mano descansaba sobre su vientre mientras intentaba sonreír. Desde hacía semanas sentía que algo no estaba bien dentro de aquella casa. Su suegra la observaba con desprecio. Su esposo se mostraba cada vez más distante. Y varias veces había encontrado sus vitaminas cambiadas de lugar.
Pero aquella noche todos parecían comportarse con normalidad.
Teresa, su suegra, levantó una jarra de jugo recién preparado.
—Debes cuidarte mejor —dijo con una sonrisa amable—. El médico dijo que necesitas más vitaminas.
Sirvió el líquido en un vaso y se lo entregó.
—Bebe. Es por la salud del bebé.
Valeria tomó el vaso.
El jugo tenía un color oscuro y un olor ligeramente amargo.
Lo acercó lentamente a sus labios.
Entonces Elena, la vieja sirvienta de la familia, entró corriendo en el comedor.
Al ver el vaso, su expresión cambió.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, golpeó la mano de Valeria.
El vaso salió volando.
Se estrelló contra el suelo y se hizo añicos.
El jugo salpicó la alfombra, la mesa y un gran arreglo de flores blancas.
Todos quedaron inmóviles.
Teresa se levantó furiosa.
El esposo de Valeria, Daniel, golpeó la mesa.
Valeria miró a Elena, confundida y asustada.
La sirvienta respiraba con dificultad.
—Porque ese jugo no era para ayudar al bebé.
Teresa soltó una risa de desprecio.
—Está perdiendo la razón. Lleva demasiados años trabajando aquí.
Algunos invitados comenzaron a murmurar.
Elena parecía una anciana alterada que acababa de arruinar una cena familiar.
Pero entonces una mujer sentada cerca de las flores dejó escapar un grito.
—Miren.
Todos giraron la cabeza.
Varias gotas del jugo habían caído sobre una flor blanca.
Los pétalos comenzaron a oscurecerse.
Primero se volvieron amarillos.
Después marrones.
Y en cuestión de segundos quedaron completamente marchitos.
El silencio cayó sobre el comedor.
Valeria retrocedió lentamente.
Miró los restos del vaso.
Después a su suegra.
—¿Qué había en el jugo?
Teresa no respondió.
Elena se arrodilló junto a los cristales.
Tomó una servilleta y absorbió una pequeña cantidad del líquido.
—Olía igual que el producto que encontré esta mañana en el invernadero.
El jardinero palideció.
—Ese químico no debe ingerirse. Es altamente tóxico.
Valeria llevó ambas manos a su vientre.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Querían envenenar a mi bebé?
Daniel se levantó rápidamente y fingió indignación.
—¡Basta!
Se volvió hacia Elena.
—¡Fuera de mi casa!
La sirvienta lo observó en silencio.
Daniel señaló la puerta.
—Has acusado a mi madre delante de todos. No permitiré esta locura.
Elena iba a responder cuando vio algo asomando del bolsillo interior de su chaqueta.
Un pequeño frasco de cristal.
Tenía una etiqueta roja.
Y en el fondo quedaban unas gotas del mismo líquido oscuro.
Elena señaló el bolsillo.
—Entonces… ¿por qué tiene el veneno?
Daniel se quedó inmóvil.
Intentó guardar rápidamente el frasco.
Pero sus dedos temblaron.
El recipiente cayó al suelo.
Rodó entre las patas de las sillas y se detuvo junto a Valeria.
El jardinero lo recogió.
Leyó la etiqueta.
Su rostro perdió el color.
—Es el mismo compuesto.
Todos miraron a Daniel.
La máscara de esposo protector comenzó a desaparecer.
Valeria negó lentamente.
—No…
Él no respondió.
—Dime que no fuiste tú.
Daniel bajó la mirada hacia su vientre.
Durante un instante pareció sentir culpa.
Pero Teresa habló antes que él.
—Ya sabe demasiado.
Su voz ya no sonaba amable.
No intentaba fingir.
Miró directamente a su hijo.
—Acaba con las dos.
Varios invitados se levantaron de golpe.
Uno de ellos intentó sacar el teléfono.
Dos hombres de seguridad cerraron las puertas del comedor.
No pertenecían al equipo habitual de la mansión.
Trabajaban para Teresa.
Daniel metió la mano en el bolsillo.
Valeria retrocedió.
Esperaba ver un arma.
Pero él sacó una jeringa.
El líquido transparente llenaba casi todo el cilindro.
Elena reconoció inmediatamente el olor químico.
—No se acerque.
Daniel retiró la tapa de la aguja.
—Esto habría sido mucho más sencillo si hubieras bebido el jugo.
Valeria comenzó a llorar.
—Es tu hijo.
—Ese niño recibirá la mayoría de las acciones de mi padre cuando nazca.
—No quiero ninguna herencia.
—Ya no se trata de lo que quieres.
Daniel comenzó a caminar hacia ella.
La aguja brillaba bajo la lámpara.
Elena se puso delante de Valeria.
Abrió los brazos.
—Tendrá que pasar sobre mí.
Daniel sonrió con desprecio.
—Eres una sirvienta.
—Y usted es un hombre dispuesto a matar a su propia familia.
Teresa perdió la paciencia.
—¡Hazlo ahora!
Daniel se lanzó hacia ellas.
Elena sujetó su muñeca.
La aguja quedó a centímetros de su cuello.
Ambos forcejearon.
Daniel era más fuerte.
Elena estaba herida en una mano por los cristales del vaso.
Aun así, no retrocedió.
—¡Corra, señora Valeria!
Valeria miró hacia las puertas.
Los guardias seguían bloqueándolas.
No había salida.
Tomó una bandeja de plata y golpeó a Daniel en el brazo.
La jeringa cayó sobre la mesa.
El líquido se derramó sobre un mantel.
La tela comenzó a cambiar de color.
Daniel empujó a Elena contra una silla.
La mujer cayó al suelo.
Valeria corrió hacia ella.
—¡Elena!
Daniel tomó otra jeringa de su bolsillo.
Había preparado más de una.
Teresa sonrió.
—No cometeremos el mismo error dos veces.
Daniel volvió a acercarse.
Elena se levantó con dificultad.
Se colocó otra vez delante de Valeria.
—No dejaré que la toque.
—Entonces morirás primero.
Levantó la jeringa.
La punta quedó a pocos centímetros del cuello de la sirvienta.
Valeria gritó.
En ese instante, todas las luces se apagaron.
El comedor quedó completamente oscuro.
Se escucharon gritos.
Una silla cayó.
Después, el sonido de un golpe.
Daniel maldijo.
—¡Enciendan las luces!
Nadie respondió.
Elena tomó la mano de Valeria.
—Sígame.
La condujo agachada bajo la mesa.
Conocía una antigua puerta de servicio oculta detrás de un mueble. Durante décadas la había utilizado para entrar y salir sin interrumpir las cenas.
Llegaron hasta ella.
Elena movió una pequeña palanca.
La pared se abrió.
—Entre.
Valeria pasó primero.
Pero antes de que Elena pudiera seguirla, una mano la sujetó del cabello.
Era Daniel.
Las luces de emergencia se encendieron.
Una tenue iluminación roja cubrió el comedor.
Daniel sostenía a Elena.
La jeringa estaba otra vez junto a su cuello.
—Te dije que no escaparías.
Valeria se giró.
—¡Suéltela!
Teresa apareció detrás de su hijo.
—Cierre la puerta. Después ocupémonos de la embarazada.
Elena miró a Valeria.
—Corra.
—No voy a dejarla.
—Su bebé necesita que viva.
Daniel acercó la aguja a la piel de Elena.
La punta la tocó.
Una pequeña gota de sangre apareció.
Valeria tomó el candelabro de una mesa auxiliar y lo lanzó contra él.
Daniel giró por instinto.
La jeringa se clavó en el brazo de uno de los guardias.
El hombre abrió los ojos con terror.
—No…
Cayó al suelo segundos después.
Su cuerpo comenzó a convulsionar.
Todos comprendieron que el veneno era real.
Daniel soltó a Elena.
Valeria corrió hacia ella.
Ambas entraron en el pasadizo.
Teresa gritó:
—¡Deténganlas!
La puerta secreta comenzó a cerrarse.
Daniel metió el brazo antes de que terminara.
Consiguió abrirla de nuevo.
Persiguió a las dos mujeres por el estrecho corredor.
Valeria apenas podía correr debido al embarazo.
Elena la empujó hacia delante.
—La salida está cerca.
Detrás de ellas se escuchaban los pasos de Daniel.
Cada vez más próximos.
Al final del pasadizo había una escalera que conducía al patio trasero.
Elena abrió la puerta.
Pero Teresa ya las esperaba allí.
Tenía una pistola.
—Se acabó.
Valeria quedó atrapada entre ambos.
Daniel se acercaba desde atrás con otra jeringa.
Teresa apuntaba desde delante.
Elena se colocó una vez más frente a la mujer embarazada.
—No tocarán a ninguna de las dos.
Teresa apretó el gatillo.
Al mismo tiempo, Daniel levantó la aguja.
Entonces las sirenas de la policía llenaron el exterior.
Un disparo retumbó en el patio.
Valeria cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, alguien estaba en el suelo.
Elena seguía frente a ella.
Daniel permanecía inmóvil con la jeringa en la mano.
Teresa tenía el arma levantada.
Pero la sangre comenzaba a extenderse sobre las piedras.
Valeria quiso gritar.
No sabía quién había recibido la bala.
En ese mismo instante, sintió un dolor intenso en el vientre.
Cayó de rodillas.
Elena se giró.
—¿Qué ocurre?
Valeria respiró con dificultad.
El agua comenzó a correr bajo su vestido.
Levantó la mirada, aterrorizada.
—El bebé viene ahora.
Las puertas del patio fueron derribadas por la policía.
Los agentes entraron apuntando sus armas.
Daniel levantó lentamente las manos.
Pero Teresa sonrió.
Tenía otro pequeño frasco escondido entre los dedos.
Antes de que los agentes pudieran alcanzarla, lo lanzó dentro de la fuente central.
El agua comenzó a oscurecerse.
Elena miró hacia la tubería que conectaba la fuente con el sistema principal de la mansión.
Su rostro cambió.
—Señora Valeria…
—¿Qué pasa?
La sirvienta señaló el agua.
—Ese sistema también alimenta el ala médica donde prepararon todo para el nacimiento.
Valeria comprendió la verdad.
El jugo no era el único plan.
Habían contaminado el lugar donde nacería su bebé.
Mientras los paramédicos la colocaban sobre una camilla y la llevaban hacia una ambulancia, Teresa era esposada.
Daniel bajó la cabeza.
Pero antes de que se cerraran las puertas, Valeria escuchó a su suegra decir:
—Saquen al niño de la mansión.
La policía la miró con confusión.
Elena quedó paralizada.
—¿Qué niño?
Teresa levantó lentamente la vista y sonrió.
—El verdadero heredero.
Las puertas de la ambulancia se cerraron.
Valeria abrazó su vientre entre contracciones.
Había sobrevivido al veneno.
Pero ahora sabía que alguien más existía.
Un niño oculto.
Un heredero desconocido.
Y quizá la verdadera razón por la que querían que su bebé nunca naciera.