Se burló del hombre que trapeaba el suelo en la mansión más cara de la ciudad… y una sola frase convirtió su arrogancia en terror

La Mansión Blackwood era una leyenda.

No solo por su tamaño.

No solo por sus jardines interminables.

Ni por las obras de arte valoradas en millones que decoraban cada rincón.

Era una leyenda porque nadie había logrado comprarla.

Durante años.

Empresarios.

Magnates.

Celebridades.

Familias reales extranjeras.

Todos habían intentado adquirir aquella propiedad.

Y todos habían fracasado.

La mansión parecía existir fuera del alcance de cualquier fortuna.

Por eso aquella mañana era tan importante para Victoria Lancaster.

Treinta años.

Hermosa.

Elegante.

Acostumbrada a conseguir todo lo que deseaba.

Había llegado acompañada por su madre, Margaret.

Una mujer cuya arrogancia era tan conocida como su riqueza.

Las dos caminaban por el enorme vestíbulo observando los techos decorados con oro.

Las esculturas.

Los ventanales.

Los pisos de mármol italiano.

Victoria sonrió.

—Es perfecta.

Margaret asintió.

—Por supuesto.

Y pronto será nuestra.

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