Nadie se detuvo cuando ella se rompía en la calle… excepto un perro que no la dejó irse y cambió su destino para siempre

La ciudad seguía moviéndose.

Como si nada.

Como siempre.

El ruido constante.

Los pasos apurados.

Las conversaciones a medias.

Los autos pasando sin detenerse.

Las luces cambiando de color sin importar quién estaba mirando.

Todo seguía su curso.

Excepto ella.

Porque ella…

Ya no podía más.

Caminaba entre la multitud.

Pero no estaba realmente ahí.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

No caían de golpe.

No eran escandalosas.

Eran silenciosas.

Constantes.

Como si llevaran mucho tiempo esperando salir.

Y ahora…

Simplemente ya no podían quedarse.

Nadie la miraba.

Nadie se detenía.

Nadie preguntaba.

Porque en una ciudad así…

El dolor ajeno es invisible.

Especialmente cuando no hace ruido.

Sus manos temblaban.

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