La obligaban a limpiar de rodillas el suelo de su propia mansión… hasta que su padre abrió la puerta

La Mansión Harrington era una de las propiedades más impresionantes de toda la ciudad.

Columnas de mármol.

Escaleras de cristal.

Jardines interminables.

Y una fortuna construida durante generaciones.

Todo llevaba el apellido Harrington.

Las escrituras.

Los negocios.

Las obras de arte.

La historia.

Y también lo llevaba una joven llamada Emily Harrington.

Pero nadie parecía recordarlo.

Aquella mañana, Emily estaba de rodillas sobre el frío suelo de mármol.

Sus manos desnudas estaban enrojecidas.

Sus rodillas dolían.

Y las lágrimas caían silenciosamente mientras frotaba una mancha que prácticamente no existía.

Vestía un uniforme de criada.

Sencillo.

Desgastado.

Humillante.

Nada que ver con la vida que debería haber tenido.

Nada que ver con el apellido que llevaba.

Al otro lado del salón principal, sentada cómodamente en un sofá de cuero italiano, estaba Vanessa.

La segunda esposa de Richard Harrington.

La madrastra de Emily.

Una mujer elegante por fuera.

Cruel por dentro.

Sostenía una copa de vino tinto mientras observaba a la joven trabajar.

Y sonreía.

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