La librería estaba casi vacía aquella tarde.
La lluvia golpeaba los ventanales, y una música suave sonaba entre los estantes llenos de novelas, cuadernos y libros antiguos.
Valeria caminaba lentamente por la sección de maternidad.
Tenía siete meses de embarazo.
En una mano llevaba una pequeña bolsa con dos libros para preparar la llegada de su bebé. La otra descansaba sobre su vientre.
Había entrado buscando tranquilidad.
No sabía que un hombre la observaba desde el otro lado del pasillo.
Llevaba una gorra oscura y una chaqueta gris. Fingía revisar las portadas, pero cada vez que Valeria cambiaba de sección, él aparecía unos metros más atrás.
Al principio ella pensó que era una coincidencia.
Luego comenzó a sentirlo.
La mirada.
Los pasos.
La distancia exacta que él mantenía para no llamar demasiado la atención.
Valeria aceleró un poco.
El hombre también.
Se detuvo junto a una mesa de novedades y miró el reflejo del cristal de una vitrina.
Allí estaba.
Observándola.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Sacó el teléfono de su bolso para llamar a Daniel, su esposo.
No había señal dentro de aquella parte de la librería.
Miró hacia el mostrador.
Estaba demasiado lejos.
La empleada había desaparecido en el almacén.
Valeria decidió ir al baño y encerrarse mientras conseguía ayuda.
Cruzó rápidamente un pasillo estrecho y entró en la zona de servicios.
Una mano la sujetó por el brazo.
El hombre la empujó dentro.
Valeria soltó un grito.
—¡Suélteme!
Él entró detrás de ella, cerró la puerta y giró la llave.
Después se la guardó en el bolsillo.
El baño era pequeño.
No tenía ventanas.
Solo tres cabinas, dos lavabos y una salida.
La única puerta acababa de quedar bloqueada.
Valeria retrocedió.
Protegió su vientre con ambas manos.
—¡Estoy embarazada! ¡Déjeme salir!
El hombre no respondió.
Solo se colocó delante de la puerta.
—No tenía por qué seguirme —dijo ella, intentando mantener la voz firme—. Hay cámaras. La gente me vio entrar.
Él sonrió.
—La cámara de este pasillo lleva semanas sin funcionar.
Valeria sintió un escalofrío.
Eso significaba que no había elegido aquel lugar por casualidad.
Lo había preparado.
Buscó algo a su alrededor.
Cualquier cosa que pudiera usar para defenderse.
La bolsa de libros seguía colgando de su hombro.
El hombre dio un paso hacia ella.
—No se acerque.
Él siguió avanzando.
Valeria agarró la bolsa con ambas manos y la lanzó contra su rostro.
El borde de uno de los libros golpeó su nariz.
El hombre gritó y retrocedió.
Ella corrió hacia la puerta.
Tiró del pomo.
Cerrada.
Golpeó con desesperación.
—¡Ayuda! ¡Hay alguien aquí!
La música de la librería y el ruido de la lluvia cubrían sus gritos.
Detrás de ella, el hombre se recuperó.
Se limpió la sangre de la nariz.
—Eso fue un error.
Valeria volvió a tirar de la puerta.
Nada.
Buscó la llave en la cerradura.
No estaba.
Él seguía sosteniéndola en la mano.
Cuando volvió a acercarse, Valeria corrió hacia una de las cabinas e intentó encerrarse.
El hombre metió el pie antes de que pudiera cerrar.
Empujó la puerta.
Ella resistió con todas sus fuerzas.
Pero el embarazo le dificultaba mantener el equilibrio.
La puerta se abrió de golpe.
Valeria cayó contra la pared.
El hombre intentó sujetarla por el brazo.
Ella logró apartarse y vio algo rojo junto a los lavabos.
Un extintor.
Corrió hacia él.
Rompió el pequeño seguro de plástico y lo levantó como pudo.
El hombre se detuvo.
—Deja eso.
—Abra la puerta.
—No vas a usarlo.
Valeria apretó la palanca.
Una nube de polvo blanco explotó en todo el baño.
El hombre comenzó a toser.
Se cubrió los ojos.
El aire se llenó de partículas.
Los espejos desaparecieron detrás de la niebla blanca.
Valeria siguió rociando en su dirección hasta que el extintor perdió fuerza.
—¡Ayuda! —gritó de nuevo.
El hombre retrocedió, tosiendo y maldiciendo.
Durante unos segundos ella creyó que había conseguido detenerlo.
Pero cuando la nube comenzó a bajar, lo vio otra vez.
Seguía de pie.
Tenía el rostro cubierto de polvo.
Los ojos rojos.
Y la llave todavía apretada en su mano.
Valeria quedó atrapada en una esquina.
Sostenía el extintor vacío delante de ella como si fuera un escudo.
El bebé se movió con fuerza.
Ella llevó una mano al vientre.
—Tranquilo… mamá está aquí.
El hombre la miró.
Ya no fingía calma.
—Ahora sí me hiciste enojar.
Volvió a avanzar.
Valeria levantó el extintor.
—No se acerque.
—¿Y qué vas a hacer? Ya está vacío.
Él tenía razón.
Pero ella no podía rendirse.
Miró rápidamente alrededor.
A su izquierda estaba el espejo.
A su derecha, un dispensador metálico de jabón.
Detrás del hombre, la puerta.
Y en su mano, la llave.
Valeria arrojó el extintor directamente hacia el espejo.
El cristal estalló.
El hombre se cubrió el rostro por instinto.
Ella corrió hacia él y golpeó su muñeca con el dispensador arrancado de la pared.
La llave salió volando.
Cayó al suelo.
Ambos la vieron.
El hombre se lanzó primero.
Valeria también.
Sus dedos quedaron a pocos centímetros.
Él la sujetó del tobillo y tiró.
Valeria cayó de rodillas.
Un dolor intenso atravesó su vientre.
Gritó.
El hombre agarró la llave.
—Se terminó.
Pero entonces se escucharon golpes desde el otro lado de la puerta.
—¡Señora! ¿Está ahí dentro?
Era una empleada.
Valeria reunió todas sus fuerzas.
—¡Llame a la policía! ¡Estoy encerrada!
El hombre miró hacia la puerta.
Su expresión cambió.
—Cállate.
Los golpes aumentaron.
—¡Abra ahora mismo!
Otra voz se unió.
Un cliente.
Después otra.
Varias personas se habían reunido en el pasillo.
El hombre comprendió que ya no podía salir sin ser visto.
Miró a Valeria.
Luego la llave.
Y tomó una decisión.
Corrió hacia la última cabina del baño.
Valeria frunció el ceño.
No había ninguna salida allí.
Entonces escuchó un ruido metálico.
El hombre estaba retirando una rejilla de ventilación situada cerca del techo.
Había preparado una ruta de escape.
—¡Está intentando huir por el conducto! —gritó ella.
La puerta principal comenzó a sacudirse.
Alguien trataba de forzarla desde fuera.
El hombre subió sobre el inodoro y metió medio cuerpo en la abertura.
Valeria miró la llave que aún sostenía.
Si conseguía detenerlo unos segundos, la policía podría atraparlo.
Tomó la bolsa de libros del suelo y lanzó uno de los ejemplares contra sus piernas.
El hombre perdió el equilibrio.
Cayó de espaldas.
La llave volvió a escapar de su mano.
Esta vez aterrizó junto a Valeria.
Ella la agarró.
Corrió hacia la puerta.
Pero antes de llegar, sintió una mano cerrarse sobre su cabello.
El hombre la tiró hacia atrás.
Valeria gritó.
La llave cayó junto al desagüe.
Él intentó alcanzarla.
Ella levantó el codo y golpeó su pecho.
Ambos forcejearon.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Un guardia de seguridad, dos empleados y varios clientes entraron al baño.
El hombre intentó correr hacia la ventilación.
El guardia lo derribó antes de que pudiera subir.
Lo inmovilizó contra el suelo.
—¡No se mueva!
Valeria se apoyó contra la pared.
Respiraba con dificultad.
Una empleada corrió hacia ella.
—¿Está herida?
Valeria puso ambas manos sobre su vientre.
—El bebé…
En ese instante sintió una contracción dolorosa.
Se dobló hacia delante.
—Llame a una ambulancia —gritó la empleada.
Mientras el guardia esposaba al hombre con bridas de seguridad, algo cayó del bolsillo de su chaqueta.
No era solo la llave.
Era una tarjeta de acceso.
Valeria la reconoció inmediatamente.
Pertenecía al hospital donde recibía sus chequeos de embarazo.
En el reverso aparecía una fotografía del hombre.
Y debajo, un cargo:
Técnico de mantenimiento.
Valeria palideció.
—Él trabaja en mi hospital.
El hombre, todavía en el suelo, comenzó a reír.
El guardia lo presionó con más fuerza.
—¿Por qué la seguía?
Él miró a Valeria.
—Porque ella vio algo que no debía.
Valeria recordó la consulta de la semana anterior.
Una puerta abierta.
Una conversación entre dos médicos.
Una lista con nombres de mujeres embarazadas y fechas marcadas en rojo.
Ella había tomado una fotografía antes de que alguien la descubriera.
Creyó que nadie la había visto.
Se equivocaba.
—¿Quién lo envió? —preguntó entre lágrimas.
El hombre sonrió.
—La misma persona que decidió que tu bebé nunca debía salir de ese hospital.
Las sirenas comenzaron a escucharse fuera de la librería.
Los paramédicos entraron con una camilla.
Mientras se llevaban al hombre detenido, Valeria lo vio girar la cabeza una última vez.
—Hoy sobreviviste porque había gente cerca.
Hizo una pausa.
—Pero tu próxima consulta es mañana.
Las puertas se cerraron detrás de él.
Valeria fue trasladada a la ambulancia.
El bebé seguía vivo.
Pero mientras Daniel llegaba corriendo y tomaba su mano, ella comprendió que el ataque de la librería no había sido un acto al azar.
El hombre no quería robarle.
No quería asustarla.
Había intentado silenciarla.
Y la persona que lo había enviado todavía tenía acceso a su historial médico, a sus citas… y a la habitación donde nacería su bebé.