La lluvia golpeaba con fuerza la superficie del lago.
Era casi medianoche.
No había nadie alrededor, excepto una vieja carretera que terminaba junto al agua y un automóvil negro que desaparecía lentamente bajo la superficie.
Dentro del vehículo estaba Valeria.
Tenía siete meses de embarazo.
Sus muñecas estaban atadas con bridas de plástico.
Los tobillos sujetos al asiento trasero.
El agua ya cubría el piso del automóvil.
Cada segundo subía más.
Valeria luchó desesperadamente por romper las ataduras.
Fue inútil.
Apoyó ambas manos sobre su vientre.
—Aguanta, mi amor… mamá va a sacarte de aquí.
El agua alcanzó su cintura.
Intentó abrir la puerta.
La presión del lago la mantenía completamente bloqueada.
Golpeó la ventana con los pies.
Nada.
Entonces levantó la vista.
A través del cristal vio una figura inmóvil en la orilla.
Teresa.
Su suegra.
Vestía un impermeable oscuro.
En una mano sostenía las llaves del automóvil.
En la otra, una gruesa cadena de acero unida al chasis del vehículo y anclada a un viejo torno mecánico.
La observaba sin mostrar ninguna emoción.
Valeria golpeó el cristal.
Teresa habló con una tranquilidad aterradora.
—Ahora todos creerán que perdiste el control del coche.
Valeria negó con desesperación.
—¡Estoy embarazada!
—Precisamente por eso.
Horas antes, Teresa había pedido a Valeria que la acompañara a una supuesta reunión con el abogado de la familia para resolver definitivamente el conflicto por la herencia.
Valeria aceptó pensando que todo terminaría de forma pacífica.
Nunca llegó al despacho.
La sedaron.
Cuando despertó, el coche ya estaba deslizándose hacia el lago.
Ahora apenas le quedaban unos minutos.
El agua alcanzó su pecho.
Respirar era cada vez más difícil.
En ese mismo instante, un SUV apareció a toda velocidad por el camino de tierra.
Era Daniel.
Había encontrado el teléfono de Valeria abandonado en la carretera junto a unas marcas recientes de neumáticos que terminaban en la orilla del lago.
Frenó bruscamente.
Saltó del vehículo.
Miró el agua.
Vio burbujas subiendo desde el fondo.
Y distinguió el techo del automóvil desapareciendo lentamente.
—¡Valeria!
Sin quitarse la chaqueta, se lanzó al lago.
Nadó con todas sus fuerzas.
El agua helada apenas le permitía abrir los ojos.
Llegó hasta el coche.
Dentro vio a Valeria golpeando desesperadamente la ventana.
Daniel intentó abrir la puerta.
No cedió.
Buscó una piedra en el fondo.
No encontró ninguna.
Entonces sacó del cinturón un pequeño martillo de emergencia que llevaba en el SUV.
Golpeó la esquina del cristal.
Una vez.
Dos veces.
A la tercera, la ventana estalló.
El agua entró violentamente en el habitáculo.
Daniel metió el brazo.
Sujetó la mano de Valeria.
Comenzó a cortar las bridas con una navaja.
—¡Ya te tengo!
Ella negó frenéticamente.
No intentaba salir.
Señalaba hacia atrás.
Hacia el maletero.
Los ojos llenos de terror.
—¡No estoy sola!
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué?
Valeria gritó con el poco aire que le quedaba.
—¡Salva primero al bebé!
Daniel sintió que el corazón se detenía.
¿Bebé?
Pensó que hablaba del hijo que llevaba en el vientre.
Pero entonces…
Desde la parte trasera del automóvil…
Se escuchó un llanto.
El llanto de un niño pequeño.
Daniel abrió los ojos con horror.
El sonido venía del maletero.
No del interior.
Valeria rompió a llorar.
—¡Hay un niño ahí!
Horas antes del secuestro, había visto cómo dos hombres metían a un pequeño dentro del maletero antes de dejarla inconsciente.
Había intentado avisar.
Nadie la escuchó.
Daniel soltó la mano de Valeria durante un segundo.
Miró hacia la parte trasera del coche.
El llanto volvió a escucharse.
Más débil.
Más desesperado.
En la orilla, Teresa observó toda la escena.
Sonrió.
Después sujetó con ambas manos la cadena unida al automóvil.
Y accionó el torno.
Los engranajes comenzaron a girar.
La cadena se tensó.
El automóvil fue arrastrado lentamente hacia la parte más profunda del lago.
Daniel sintió cómo el vehículo se movía.
—¡No!
Intentó detenerlo.
Era imposible.
El coche descendía cada vez más.
El agua alrededor se volvió oscura.
El oxígeno comenzaba a agotarse.
Daniel miró a Valeria.
Después escuchó otra vez el llanto del niño.
Solo tenía unos segundos.
Tomó una decisión.
Cortó la última brida que sujetaba a Valeria.
La empujó con fuerza hacia la ventana rota.
Señaló la superficie.
Ella comprendió.
Negó con lágrimas.
—¡No!
Daniel volvió a sumergirse.
Nadó hacia el maletero.
Intentó abrirlo.
No cedió.
Buscó el mecanismo interior.
No existía.
Sacó nuevamente el martillo de emergencia.
Golpeó el metal cerca del cierre.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El coche volvió a descender.
La presión del agua aumentaba.
Daniel apenas podía contener la respiración.
En la superficie, Valeria consiguió salir.
Tosiendo.
Llorando.
Los primeros policías y paramédicos acababan de llegar.
—¡Mi esposo sigue abajo!
Los agentes corrieron hacia el torno.
Teresa intentó seguir accionándolo.
Un policía la derribó antes de que pudiera mover un centímetro más la cadena.
Otro cortó el cable con una herramienta hidráulica.
El automóvil dejó de hundirse.
Dos buzos del equipo de rescate, que acababan de llegar con la unidad acuática, se lanzaron inmediatamente al lago.
Segundos después apareció Daniel.
Emergió sujetando con un brazo a un niño de unos tres años, completamente empapado pero consciente.
Los paramédicos corrieron hacia ellos.
El pequeño comenzó a llorar con fuerza.
Estaba vivo.
Daniel cayó de rodillas, exhausto.
Valeria lo abrazó sin dejar de llorar.
—Pensé que te había perdido.
Él respiró con dificultad.
—No podía dejar a ninguno de los dos.
Mientras la policía esposaba a Teresa, uno de los agentes abrió el maletero completamente.
Dentro encontraron una pequeña mochila infantil.
Un peluche.
Y un expediente con varias fotografías.
Todas mostraban a mujeres embarazadas.
Cada una tenía un nombre.
Una fecha.
Y una marca en rojo.
El investigador levantó lentamente la vista.
—Esto no era solo contra Valeria.
Era una lista.
Daniel sintió un escalofrío.
Miró al niño que acababa de rescatar.
—¿Quién es?
El pequeño, todavía temblando, levantó la cabeza y pronunció apenas unas palabras:
—Mi mamá… también estaba embarazada.
El silencio cayó sobre la orilla del lago.
Valeria tomó con fuerza la mano de Daniel.
Aquella noche habían sobrevivido.
Habían salvado dos vidas.
Pero también acababan de descubrir que el atentado contra su familia era solo una parte de algo mucho más grande.
Y alguien… seguía buscando a las demás mujeres de aquella lista.