pero Elena logró sujetarse de una cuerda de tender ropa antes de caer al vacío.
Su cuerpo quedó balanceándose a más de diez pisos de altura.
—¡Ayuda! ¡Mi bebé! —gritó, sujetándose con una sola mano mientras la otra protegía instintivamente su vientre.
La cuerda era vieja y delgada.
Cada vez que el viento movía su cuerpo, las fibras crujían como si estuvieran a punto de romperse.
En la azotea, Beatriz se acercó lentamente al borde y miró hacia abajo.
No parecía asustada.
Sonreía.
—Nadie va a salvarte esta vez —dijo con frialdad.
Elena levantó la mirada, llorando.
—Ese bebé nunca debió existir.
Antes de que Beatriz pudiera pisar la cuerda, Rosa, la vieja sirvienta, salió corriendo por la puerta de la azotea.
Había escuchado los gritos desde el piso inferior.
Al ver a Elena colgando, se arrodilló junto al borde y extendió el brazo.
Elena intentó alcanzarla, pero el viento la alejó.
Con un último esfuerzo, Elena levantó el brazo.
Rosa consiguió sujetarla de la muñeca.
—¡No la soltaré! —prometió.
La anciana clavó ambas rodillas contra el suelo y comenzó a tirar.
Pero Beatriz corrió hacia ella, le agarró el cabello y tiró con todas sus fuerzas.
Rosa gritó de dolor, aunque no soltó la muñeca de Elena.
Beatriz comenzó a golpearla en la espalda.
—¡No eres más que una criada!
—Y usted no es más que una asesina.
El rostro de Beatriz cambió.
Le dio una patada en el costado.
Rosa cayó parcialmente sobre el borde, pero siguió sujetando a Elena.
La cuerda comenzó a romperse poco a poco.
Elena sintió cómo descendía varios centímetros.
—¡Rosa, me resbalo!
—¡Resista!
En ese momento, la puerta de la azotea se abrió.
Daniel apareció.
El esposo de Elena.
Ella sintió que el miedo desaparecía durante un instante.
—¡Daniel! —gritó—. ¡Ayúdanos! ¡Tu madre intentó matarme!
Daniel miró a su esposa colgando, a Rosa herida y a su madre junto al borde.
Durante varios segundos no dijo nada.
Elena esperaba que corriera hacia ellas.
Pero Daniel cerró lentamente la puerta detrás de él.
Luego sacó un cuchillo de su chaqueta.
Rosa lo miró horrorizada.
—Señor Daniel…
—Apártate —ordenó él.
—Su esposa lleva a su hijo.
Daniel se acercó a la cuerda.
Elena comenzó a negar con la cabeza.
—Daniel, por favor… Podemos hablar. Solo ayúdame a subir.
Él se agachó y colocó el filo del cuchillo contra la cuerda.
—Ese bebé no puede vivir.
—¡Es tu hijo!
Daniel levantó la mirada.
—Precisamente por eso.
Y cortó la cuerda.
Elena gritó.
Rosa, que todavía sujetaba su muñeca, fue arrastrada con ella.
Las dos cayeron hacia el vacío.
Durante la caída, la anciana abrazó a Elena y giró su propio cuerpo para proteger el vientre de la joven.
Elena cerró los ojos, convencida de que morirían.
Pero entonces su hombro golpeó contra un balcón del piso inferior.
Por instinto, extendió los brazos.
Sus dedos consiguieron aferrarse a la barandilla.
El impacto fue brutal.
Elena sintió un dolor insoportable en los brazos, pero consiguió detener la caída.
Rosa, sin embargo, quedó colgando debajo de ella.
Su cuerpo estaba atrapado únicamente entre las piernas de Elena.
—¡Rosa! —gritó.
La anciana levantó la vista.
Tenía sangre en la frente y apenas podía respirar.
—No se mueva…
—¡No puedo sostenerla!
Elena tenía medio cuerpo fuera del balcón.
Sus manos resbalaban lentamente sobre el metal.
El peso de Rosa tiraba de ella hacia abajo.
Arriba, Daniel y Beatriz se asomaron desde la azotea.
—Siguen vivas —dijo Beatriz, furiosa.
Daniel observó a su esposa sin mostrar emoción.
—No por mucho tiempo.
Elena lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿Cómo puedes hacerle esto a tu propio hijo?
Daniel se quedó en silencio.
Rosa reunió fuerzas para hablar.
—Porque sabe que el bebé revelará la verdad.
Beatriz palideció.
—¡Cállate!
Elena miró hacia abajo.
—¿Qué verdad?
Rosa apretó con fuerza las piernas de Elena para no caer.
—Daniel nunca quiso que usted quedara embarazada.
—Eso no tiene sentido. Él me pidió formar una familia.
—Porque necesitaba un heredero antes de que muriera su padre.
Daniel se inclinó sobre el borde.
—Rosa, si vuelves a hablar, mataré a tu hija.
La anciana quedó paralizada.
Elena la miró.
—¿Su hija?
Rosa cerró los ojos.
Durante treinta años había vivido en la mansión sin mencionar que tenía familia.
—Pensé que estaba muerta —susurró.
Daniel sonrió.
—No lo está. Y sabemos exactamente dónde encontrarla.
—¡Déjela fuera de esto! —gritó Rosa.
—Entonces suelta a Elena.
Rosa la miró.
Si liberaba sus piernas, caería al vacío.
Si continuaba hablando, Daniel cumpliría su amenaza.
Elena sintió cómo uno de sus dedos se deslizaba de la barandilla.
—Rosa, necesito saberlo.
—No hay tiempo.
—¿Por qué quieren matar a mi bebé?
La anciana miró hacia arriba.
Beatriz negaba con la cabeza, advirtiéndole que guardara silencio.
Rosa respiró profundamente.
—Porque Daniel no es el verdadero heredero de esta familia.
Elena sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué?
—El padre de Daniel descubrió que Beatriz había cambiado a su bebé en el hospital hace treinta y cinco años.
Daniel apretó el cuchillo con rabia.
—¡Basta!
Rosa continuó:
—Daniel no tiene la sangre de los Valdés. Si su hijo nace y realizan las pruebas genéticas exigidas por el testamento, todos lo descubrirán.
Elena intentó comprenderlo.
—¿Entonces quieren matar a mi bebé para evitar una prueba de ADN?
—No solo eso.
Rosa miró fijamente a Beatriz.
—Su bebé sí pertenece a la familia Valdés.
Elena abrió los ojos.
—¿Cómo puede ser posible si Daniel no es hijo de ellos?
La anciana dudó.
Daniel comenzó a correr hacia la puerta de la azotea.
Beatriz lo siguió.
—¡Date prisa! ¡Entrarán por el piso inferior!
Elena escuchó sus pasos desaparecer.
Venían hacia el balcón.
—¡Rosa, dígamelo!
—El verdadero heredero tuvo un hijo antes de desaparecer.
—¿Quién?
Rosa miró el vientre de Elena.
—El padre de su bebé.
Elena sintió náuseas.
—Daniel es el padre.
—Eso es lo que usted cree.
—Nunca estuve con otro hombre.
Rosa negó lentamente.
—Meses antes de su boda, tuvo un accidente. Permaneció inconsciente durante varios días.
Elena recordó el hospital.
Daniel había estado siempre a su lado.
Al menos, eso le habían contado.
—¿Qué pasó mientras estaba inconsciente?
Rosa comenzó a llorar.
—Beatriz pagó a un médico para realizar un procedimiento sin su consentimiento.
—¿Qué procedimiento?
Antes de que Rosa pudiera responder, la puerta del apartamento se abrió.
Una mujer salió al balcón y gritó al verlas colgando.
—¡Dios mío!
Corrió hacia Elena e intentó sujetar sus brazos.
—¡No se suelte! ¡Mi marido está llamando a emergencias!
Elena sintió un poco de alivio.
Pero entonces se escucharon golpes en la puerta principal del apartamento.
—¡Abran! —gritó Daniel desde el pasillo—. ¡Es mi esposa!
La mujer del balcón miró hacia dentro.
—¿Ese hombre es su esposo?
—¡No le abra! —gritó Elena—. ¡Intentó matarnos!
Los golpes se hicieron más fuertes.
—¡Abra la puerta ahora mismo!
La mujer gritó a su marido:
—¡Llama también a la policía!
Rosa comenzó a perder fuerzas.
—Elena…
—No me suelte.
—Debe dejarme caer.
—¡No!
—Mi peso hará que las dos muramos.
—No voy a dejarla.
Rosa sonrió con tristeza.
—Siempre quise tener una hija como usted.
Elena negó con desesperación.
—No se despida.
La puerta principal comenzó a ceder bajo los golpes.
Daniel estaba intentando derribarla.
Elena miró las manos de Rosa.
Una de ellas se alejaba lentamente de su pierna.
—¡No! ¡Sujétese!
—Escuche bien —dijo la anciana—. En mi habitación hay una caja detrás del espejo. Dentro encontrará los registros del hospital.
—¿Qué registros?
—Los documentos que demuestran quién es el verdadero padre de su hijo.
—¡Dígame su nombre!
Rosa abrió la boca.
Pero en ese instante, la puerta del apartamento se rompió.
Daniel entró con el cuchillo en la mano.
Beatriz venía detrás de él.
El hombre de la casa trató de detenerlo, pero Daniel lo golpeó y corrió hacia el balcón.
La mujer gritó.
—¡Aléjese de ellas!
Daniel levantó el cuchillo.
—Suéltala, Rosa.
Elena se aferró a la barandilla mientras sus dedos seguían resbalando.
—¿Quién es el padre de mi bebé? —gritó.
Rosa miró a Daniel.
Después miró a Elena.
—El verdadero padre es…
Daniel lanzó el cuchillo.
La hoja voló directamente hacia ellas.
Rosa soltó una mano para apartarla.
El movimiento hizo que sus piernas se separaran de Elena.
La anciana comenzó a caer.
—¡Rosa!
Elena intentó sujetarla, pero perdió otro dedo de la barandilla.
Daniel corrió hacia el borde para terminar el trabajo.
Entonces una voz masculina sonó detrás de él:
—Toca a mi hijo otra vez y te mataré.
Daniel se quedó inmóvil.
Beatriz perdió el color del rostro.
Elena levantó la mirada.
En la entrada del apartamento había un hombre desconocido.
Llevaba en la mano una antigua fotografía de la familia Valdés.
Su rostro era exactamente igual al del difunto padre de Daniel cuando era joven.
Rosa, todavía aferrada con una sola mano a la pierna de Elena, susurró:
—El verdadero heredero…