El interior de la funeraria estaba completamente en silencio.
Las luces blancas del techo iluminaban una larga cinta transportadora que avanzaba lentamente hacia un enorme horno crematorio.
Sobre la cinta había un ataúd de cristal.
Y dentro estaba Valeria.
Tenía ocho meses de embarazo.
Sus muñecas estaban atadas sobre el pecho y sus piernas sujetas al fondo del ataúd con correas negras. Una mascarilla de oxígeno vacía descansaba junto a su rostro.
Abrió los ojos con dificultad.
Durante unos segundos no comprendió dónde estaba.
Luego vio las llamas al final de la cinta.
Sintió el calor.
Y comenzó a golpear desesperadamente la tapa de cristal.
Sus gritos apenas atravesaban el vidrio.
A pocos metros, Teresa observaba desde el panel de control.
La madre de Daniel vestía de negro, como si asistiera a un funeral real.
Una mano descansaba sobre la palanca de la cinta.
La otra sostenía un certificado de defunción.
Valeria vio su nombre escrito en la parte superior.
Pero ella seguía viva.
Y su bebé también.
—¿Por qué está haciendo esto? —gritó.
Teresa activó el altavoz de la sala.
—Todos creen que ya estás muerta.
Valeria sintió un escalofrío.
Recordó fragmentos de lo ocurrido.
La supuesta revisión de emergencia.
La inyección que un médico le había administrado.
La voz de Teresa diciéndole que descansara.
Después, oscuridad.
Habían falsificado su muerte.
La habían trasladado a una funeraria privada.
Y ahora pretendían destruir cualquier prueba dentro del horno.
—Daniel me encontrará.
Teresa sonrió.
—Daniel está firmando los documentos para recibir tu herencia.
Valeria negó entre lágrimas.
—Él nunca haría eso.
La cinta avanzó otro metro.
El calor aumentó.
El bebé se movió con fuerza dentro de su vientre.
Valeria protegió su abdomen como pudo.
—Aguanta, mi amor.
Mamá no va a rendirse.
Entonces un fuerte estruendo sacudió la entrada de la funeraria.
Las puertas se abrieron de golpe.
Un automóvil acababa de atravesar la verja exterior.
Daniel entró corriendo.
Tenía la camisa manchada de sangre y el teléfono de Valeria en la mano.
—¡Valeria!
Ella levantó la cabeza al escuchar su voz.
—¡Daniel!
Él vio el ataúd avanzando hacia el horno.
Corrió inmediatamente al panel.
Intentó pulsar el botón de emergencia.
No respondió.
Teresa había introducido una llave de bloqueo en la consola.
—¡Detén la máquina!
Ella se colocó delante de los controles.
—Llegaste demasiado tarde.
Daniel intentó apartarla.
Teresa pulsó otro interruptor.
Una cubierta metálica descendió sobre la consola.
Los controles quedaron bloqueados.
—La cinta no puede detenerse desde aquí.
Daniel miró el horno.
La puerta ya estaba abierta.
Las llamas rugían al fondo.
El ataúd se encontraba cada vez más cerca.
No había tiempo para buscar otro sistema.
Saltó sobre la cinta transportadora.
—¡Daniel, no! —gritó Valeria.
Él corrió sobre la superficie en movimiento.
Llegó hasta el ataúd y se arrodilló junto a la tapa.
El cierre estaba asegurado con varios tornillos y un candado industrial.
Golpeó el cristal con una barra metálica.
No se rompió.
Era vidrio reforzado.
—Aléjate de la tapa.
Valeria giró el rostro.
Daniel golpeó otra vez.
Una pequeña grieta apareció.
Luego otra.
Siguió golpeando hasta abrir un hueco junto al cierre.
Metió la mano.
Los fragmentos cortaron su piel.
La sangre cayó sobre el cristal.
Pero consiguió alcanzar el pestillo interior.
—Ya casi está.
La cinta siguió avanzando.
El ataúd estaba a menos de diez metros del horno.
Valeria respiraba con dificultad.
—Rápido.
Daniel giró el cierre.
La tapa se abrió.
Una bocanada de aire caliente entró inmediatamente.
Él sujetó a su esposa por los hombros.
—Te tengo.
Intentó levantarla.
No pudo.
Valeria gritó de dolor.
Daniel miró hacia abajo.
Sus piernas seguían atadas al fondo del ataúd con dos correas gruesas y una cadena asegurada bajo la estructura.
—No…
Sacó una pequeña navaja.
Comenzó a cortar la primera correa.
Teresa observaba desde el panel.
Durante un instante pareció preocupada.
Después sonrió y levantó la cubierta metálica de un control secundario.
—Si tanto deseas acompañarla…
Pulsó el botón rojo.
La cinta aceleró.
El ataúd salió disparado hacia delante.
Daniel perdió el equilibrio y cayó dentro junto a Valeria.
La tapa quedó abierta.
Pero el horno estaba ahora mucho más cerca.
—¡Velocidad máxima activada! —anunció una voz automática.
Teresa habló por el altavoz:
—Entonces arderán los tres.
Daniel cortó la primera correa.
La segunda estaba reforzada con alambre.
Intentó pasar la cuchilla.
No entraba.
El calor se hizo insoportable.
Valeria comenzó a toser.
—Daniel…
Él siguió tirando del metal.
—No hables.
Conserva el aire.
—No hay tiempo.
Salva al bebé primero.
Daniel levantó la vista.
—No voy a dejarte aquí.
—Si el horno se cierra, moriremos todos.
—No.
Ella tomó su mano.
—Abre mi vestido y saca al bebé cuando nazca.
Daniel la miró con horror.
—No digas eso.
—Prométeme que lo salvarás.
El ataúd cruzó una línea amarilla pintada en la cinta.
Una alarma comenzó a sonar.
Zona de cremación.
La puerta del horno empezó a descender detrás de ellos, preparada para cerrarse una vez que el ataúd entrara por completo.
Daniel introdujo la barra metálica bajo la cadena de las piernas.
Empujó con todas sus fuerzas.
La estructura no cedió.
Valeria sintió una contracción.
Se dobló sobre sí misma.
—No…
Daniel dejó de luchar durante un segundo.
—¿Qué pasa?
Otra contracción llegó.
Más fuerte.
Valeria gritó.
—El bebé viene.
Daniel miró el horno.
Después su vientre.
Después la cadena.
Todo estaba ocurriendo a la vez.
—Aguanta.
—No puedo detenerlo.
Las llamas iluminaban ya el interior del ataúd.
La madera de la base comenzó a calentarse.
Daniel tomó la barra y golpeó la cadena una vez más.
Nada.
Entonces vio una palanca de mantenimiento situada junto a la entrada del horno.
Estaba al alcance si saltaba desde la cinta.
Pero para accionarla tendría que soltar a Valeria.
Ella comprendió.
—Ve.
—No.
—¡Ve ahora!
Daniel salió del ataúd, avanzó agachado sobre la cinta y saltó hacia el borde lateral.
Consiguió sujetarse de una tubería.
Extendió el brazo hacia la palanca.
Solo faltaban unos centímetros.
El ataúd siguió avanzando.
Valeria intentó levantar el cuerpo.
La cadena no se lo permitió.
—¡Daniel!
Él estiró más el brazo.
Sus dedos tocaron la palanca.
Tiró.
Nada ocurrió.
Estaba bloqueada con un pasador.
Teresa apareció a pocos metros.
Llevaba una barra de metal en la mano.
—Ese sistema tampoco funcionará.
Daniel la miró.
—¿Qué hiciste?
—Eliminé todas las salidas.
Levantó la barra para golpearlo.
Él esquivó el primer golpe.
La agarró por la muñeca.
Ambos forcejearon junto a la cinta.
Mientras tanto, Valeria volvió a gritar.
La puerta del horno descendía.
El ataúd ya había entrado parcialmente.
Daniel vio el pasador de seguridad colgando del cuello de Teresa.
Lo arrancó.
La empujó hacia atrás.
Introdujo el pasador en la palanca y tiró con todas sus fuerzas.
Se escuchó un fuerte golpe mecánico.
El sistema de emergencia se activó.
La cinta frenó.
Pero no se detuvo por completo.
El ataúd siguió avanzando lentamente por la inercia.
La parte delantera ya estaba dentro del horno.
Daniel saltó otra vez sobre la cinta.
Corrió.
Agarró el borde del ataúd y tiró hacia atrás.
Sus zapatos resbalaban.
Las llamas estaban a centímetros de los pies de Valeria.
—¡Ayúdame a moverte!
Ella intentó levantar las piernas.
La cadena seguía sujetándola.
Daniel volvió a golpear el anclaje.
Esta vez el metal caliente se debilitó.
Una pieza se dobló.
Golpeó otra vez.
La cadena se abrió.
Valeria quedó libre.
Daniel la tomó en brazos.
Intentó sacarla del ataúd.
En ese momento, el sistema automático detectó una interrupción.
La puerta del horno comenzó a cerrarse completamente.
Daniel corrió hacia atrás con Valeria entre los brazos.
La estructura descendía cada vez más rápido.
La parte inferior quedó a la altura de su espalda.
No llegarían.
Valeria levantó una mano.
—Déjame.
—Nunca.
Daniel se lanzó hacia delante.
Rodó fuera del horno con ella contra su pecho.
La puerta cayó detrás de sus piernas.
El borde metálico golpeó su tobillo.
Daniel gritó.
Pero ambos quedaron fuera.
El ataúd vacío entró completamente en el horno.
Las llamas lo envolvieron.
Valeria respiró profundamente.
Seguía viva.
Entonces otra contracción la atravesó.
Daniel la acostó sobre el suelo.
—Necesitamos un médico.
—No hay tiempo.
El bebé viene ahora.
Teresa intentó escapar hacia la salida.
Pero las sirenas de la policía ya se escuchaban afuera.
Daniel había enviado la ubicación de la funeraria antes de entrar.
Dos agentes aparecieron en la puerta.
—¡No se mueva!
Teresa levantó las manos.
—Ha sido un malentendido.
Uno de los policías vio el certificado de defunción falso, las cámaras desconectadas y el ataúd ardiendo dentro del horno.
—Póngase de rodillas.
Los paramédicos corrieron hacia Valeria.
La colocaron sobre una manta junto a la cinta.
Daniel sostuvo su mano durante el parto.
Minutos después, un llanto llenó toda la funeraria.
El bebé estaba vivo.
Valeria comenzó a llorar.
Daniel tomó al recién nacido y lo colocó sobre su pecho.
—Lo logramos.
Pero uno de los detectives se acercó con un sobre encontrado dentro del panel de control.
—Señor Daniel, hay algo que debe ver.
Abrió los documentos.
Contenían fotografías de otras mujeres.
Todas embarazadas.
Todas declaradas muertas en el mismo hospital.
Y todas trasladadas a aquella funeraria.
Daniel levantó la vista hacia su madre.
—¿Qué significa esto?
Teresa sonrió mientras los agentes la esposaban.
—Valeria nunca fue la primera.
El detective mostró la última fotografía.
Era una mujer acostada dentro de otro ataúd de cristal.
La fecha pertenecía a esa misma noche.
Debajo aparecía una ubicación distinta.
Otro crematorio.
Daniel sintió que el corazón se detenía.
—¿Quién es ella?
Valeria miró la imagen desde el suelo.
Reconoció el rostro.
Era su hermana desaparecida.
Antes de que pudieran hacer otra pregunta, el teléfono del detective recibió una alerta.
Cremación programada en tres minutos.
Daniel miró a Valeria.
Después al bebé recién nacido.
Había conseguido salvar a su esposa y a su hijo.
Pero en otra funeraria, alguien más avanzaba ya hacia las llamas.