La fiesta familiar se celebraba en el segundo piso de la mansión.
Las puertas del gran balcón permanecían abiertas y una brisa suave movía las cortinas blancas. Desde allí podía verse todo el jardín iluminado, la piscina y las fuentes de piedra.
Valeria salió unos minutos para respirar.
Tenía ocho meses de embarazo.
El vestido le apretaba ligeramente el vientre y las conversaciones del interior comenzaban a agobiarla. Apoyó una mano sobre la barandilla y miró hacia el jardín.
No sabía que alguien había aflojado todos los tornillos unas horas antes.
Cuando dio un paso más, la estructura metálica se desprendió de la pared.
Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Soltó un grito.
Su cuerpo cayó hacia el vacío, pero consiguió sujetarse de una de las largas cortinas del balcón.
La tela se tensó violentamente.
Quedó suspendida desde el segundo piso, balanceándose sobre el patio de piedra.
Una mano agarraba la cortina.
La otra protegía desesperadamente su vientre.
El ruido de la música cubrió sus primeros gritos.
La cortina comenzó a rasgarse lentamente.
Valeria miró hacia abajo.
La caída podía matarla.
O hacer que perdiera al bebé.
Intentó subir, pero el peso de su cuerpo tiraba de la tela cada vez con más fuerza.
Entonces Elena, la vieja sirvienta de la familia, entró en el balcón llevando una bandeja.
Al ver la barandilla destruida, dejó caer todo.
Corrió hacia el borde.
Se tendió completamente sobre el suelo y estiró ambos brazos.
Valeria intentó alcanzarla.
Sus dedos quedaron a unos centímetros.
—¡No puedo!
Elena avanzó un poco más, arriesgando la mitad de su cuerpo sobre el vacío.
Finalmente consiguió sujetarla de la muñeca.
—¡La tengo!
Valeria comenzó a llorar.
—No me suelte.
—¡No la soltaré!
Elena trató de arrastrarla hacia arriba.
Era una mujer mayor.
No tenía fuerza suficiente para levantar todo su peso, pero clavó las rodillas contra el suelo y siguió tirando.
La cortina volvió a rasgarse.
En ese momento se escucharon unos pasos detrás de ellas.
Teresa, la madre de Daniel, apareció en el balcón.
Observó la escena con absoluta tranquilidad.
Valeria levantó la cabeza.
—¡Ayúdenos!
Teresa no respondió.
Miró la mano de Elena, aferrada a la muñeca de Valeria.
Después levantó lentamente el pie.
Y pisó los dedos de la sirvienta.
Elena gritó.
—¡Suélteme!
Teresa presionó con más fuerza.
—Déjala caer.
Valeria abrió los ojos con horror.
—¿Qué está haciendo?
—Terminando lo que debió parecer un accidente.
Elena apretó los dientes.
La piel de sus dedos comenzó a sangrar bajo el tacón.
Aun así, no soltó a Valeria.
—No la dejaré caer.
Teresa volvió a pisarla.
—Eres una empleada. Nadie recordará tu sacrificio.
Elena levantó la mirada.
—Ella sí.
Valeria lloraba mientras trataba de mantener el agarre sobre la cortina.
La tela estaba casi completamente rota.
—¡Daniel! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Daniel, ayúdame!
Como si hubiera escuchado su voz, Daniel apareció en la puerta del balcón.
Su esposa sintió alivio al verlo.
—¡Daniel!
Él observó la barandilla caída.
Luego a su madre.
Y finalmente a Valeria colgando sobre el vacío.
Ella extendió la mano libre hacia él.
—¡Ayúdame!
Daniel caminó lentamente.
Valeria esperaba que se arrodillara junto a Elena y la levantara.
Pero él no lo hizo.
Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
Sacó un cuchillo.
Valeria dejó de respirar.
—¿Qué haces?
Daniel se acercó a la cortina.
Sostuvo la tela con una mano y apoyó la hoja sobre ella.
—Mamá tiene razón.
Las lágrimas llenaron los ojos de Valeria.
—No…
Daniel comenzó a cortar.
La tela se abrió un poco más.
El cuerpo de Valeria descendió varios centímetros.
Elena gritó:
—¡Es su esposa!
—También es el obstáculo que queda entre nosotros y la herencia.
Valeria lo miró completamente destrozada.
—¿También quieres matar a nuestro bebé?
Daniel evitó su mirada durante un instante.
Después observó su vientre.
Su rostro se endureció.
—Ese bebé no heredará nada.
Volvió a mover el cuchillo.
Solo quedaba una pequeña sección de tela.
Elena intentó tirar de Valeria con ambas manos.
Teresa seguía presionando sus dedos contra el suelo.
—¡Suéltenla! —ordenó.
—¡Nunca!
Daniel cortó la última parte.
La cortina se desprendió de la pared.
Valeria cayó.
El peso de su cuerpo tiró también de Elena.
La sirvienta se deslizó hacia el borde.
Teresa perdió el equilibrio y retrocedió.
Elena logró agarrarse a una pata de una mesa con una mano.
Con la otra seguía sujetando a Valeria.
Ahora ambas colgaban.
La vieja mesa comenzó a moverse sobre el mármol.
—¡Elena, suélteme! —gritó Valeria—. Caeremos las dos.
—No.
—Mi peso la arrastrará.
Elena apretó aún más su muñeca.
—Prometí no soltarla.
Daniel observó la escena.
Solo necesitaba empujar la mesa.
Dio un paso hacia ella.
Pero antes de tocarla, una voz resonó desde el interior.
—¡Aléjese de ellas!
Mateo, el hijo de Elena, apareció en la puerta.
Trabajaba como jardinero en la mansión y había escuchado los gritos desde el patio.
Llevaba una barra metálica en la mano.
Daniel levantó el cuchillo.
—No te metas en asuntos familiares.
Mateo miró a su madre colgando del balcón.
—Ella es mi familia.
Corrió hacia la mesa y la sujetó antes de que se deslizara otro centímetro.
Después comenzó a tirar de Elena.
Daniel se lanzó contra él.
Ambos forcejearon.
El cuchillo cayó al suelo.
Teresa intentó recogerlo.
Pero Valeria gritó desde el vacío:
—¡Hay cámaras!
Todos se detuvieron.
Ella señaló con la mirada hacia una pequeña cámara situada sobre la puerta del balcón.
Teresa sonrió.
—Las desconectamos.
Entonces una voz habló desde el sistema de sonido de la casa.
—No todas.
Era el jefe de seguridad.
Había visto el desprendimiento de la barandilla desde una cámara exterior del jardín y acababa de llamar a la policía.
Las alarmas de la mansión comenzaron a sonar.
Daniel miró a su madre.
—Tenemos que irnos.
Teresa negó.
—Primero termina esto.
Se acercó a la mesa para empujarla.
Mateo intentó detenerla mientras seguía sujetando a Elena.
La mesa volvió a deslizarse.
Una de sus patas llegó al borde.
Valeria sintió que la mano de la sirvienta comenzaba a perder fuerza.
—Elena…
—Sigo aquí.
Abajo, varios trabajadores de la mansión corrieron hacia el jardín.
Extendieron rápidamente una gran lona de protección utilizada para cubrir la piscina.
—¡Salten! —gritó uno de ellos.
Valeria miró hacia abajo.
La lona no estaba completamente asegurada.
Caer desde aquella altura seguía siendo peligroso.
Sobre todo para el bebé.
Mateo consiguió agarrar el brazo de su madre.
—¡Tira de Valeria primero!
Elena negó.
—No puedo levantarla.
Valeria sintió una contracción intensa.
Gritó.
La presión en su vientre aumentó.
—El bebé…
Elena la miró.
—¿Qué ocurre?
—Creo que viene.
Daniel escuchó aquellas palabras.
Por primera vez pareció dudar.
Solo durante un segundo.
Teresa se inclinó hacia él.
—Si nace, todo se termina.
Daniel volvió a mirar el cuchillo en el suelo.
Corrió hacia él.
Pero antes de alcanzarlo, las puertas del balcón se abrieron de golpe.
Dos policías entraron apuntando sus armas.
—¡Nadie se mueva!
Daniel se detuvo.
Teresa intentó correr.
Uno de los agentes la sujetó.
Otros dos corrieron hacia el borde para ayudar a Mateo.
Entre todos tiraron de Elena.
Pero el brazo de Valeria comenzaba a resbalar.
La sangre y el sudor hacían imposible mantener el agarre.
—¡No la suelte! —gritó un agente.
Elena lloraba.
—No puedo sentir los dedos.
Valeria miró a la anciana.
Comprendió que, si seguía agarrándola, podía arrastrarla definitivamente al vacío.
—Gracias por salvarnos.
—No se despida.
Valeria comenzó a liberar suavemente su mano.
Elena abrió los ojos con horror.
—¡No!
—Mi bebé necesita que usted sobreviva para contar la verdad.
Antes de que Elena pudiera detenerla, los dedos de Valeria resbalaron.
Cayó.
El grito atravesó toda la mansión.
Abajo, los trabajadores levantaron la lona.
El cuerpo de Valeria impactó contra ella.
La tela se hundió violentamente.
Uno de los soportes se rompió.
Durante unos segundos nadie pudo verla.
Elena gritó su nombre desde el balcón.
Los paramédicos, que acababan de llegar, corrieron hacia el jardín.
Encontraron a Valeria inconsciente sobre la lona.
Una mano seguía protegiendo su vientre.
El médico buscó su pulso.
Después colocó un monitor fetal.
Todos guardaron silencio.
Daniel, esposado en el balcón, observaba desde arriba.
Teresa también.
El aparato emitió un sonido.
Un latido.
Después otro.
El bebé seguía vivo.
Valeria abrió lentamente los ojos.
Pero antes de que pudiera hablar, otra contracción atravesó su cuerpo.
El médico levantó la cabeza.
—Está de parto.
Mientras la subían a la ambulancia, la policía examinó la barandilla.
Los tornillos habían sido retirados deliberadamente.
Dentro del bolsillo de Daniel encontraron el cuchillo con fibras de la cortina.
Y en el bolso de Teresa, una copia reciente del testamento familiar.
Una cláusula estaba marcada en rojo:
Si el heredero no nace con vida, todas las acciones regresarán a Daniel y a su madre.
Elena bajó al jardín con las manos vendadas.
Valeria extendió una mano desde la camilla.
—Usted no me soltó.
La sirvienta sonrió entre lágrimas.
—Nunca lo haré.
Las puertas de la ambulancia comenzaron a cerrarse.
Entonces Teresa, mientras era conducida hacia la patrulla, gritó:
—¡Ese bebé no es el único heredero!
Todos se quedaron inmóviles.
Daniel levantó la cabeza, sorprendido.
Valeria miró a su suegra.
—¿Qué significa eso?
Teresa sonrió.
—Pregúntenle a Elena por qué lleva treinta años en esta casa.
Valeria giró lentamente hacia la vieja sirvienta.
El rostro de Elena perdió todo color.
Antes de que pudiera responder, las puertas de la ambulancia se cerraron.
El vehículo se alejó con las sirenas encendidas.
Valeria y su bebé seguían vivos.
Pero ahora una nueva pregunta la perseguía:
¿qué secreto había protegido Elena durante tres décadas… y quién era el otro heredero que Teresa acababa de revelar?