Encerraron a una Embarazada en una Habitación en Llamas, Pero Cuando la Sirvienta Intentó Salvarla, su Propio Esposo Cerró la Puerta Otra Vez

El humo despertó a Valeria antes que el calor.

Abrió los ojos y tardó unos segundos en comprender dónde estaba. Seguía en la habitación principal de la mansión, acostada sobre la cama, con una mano apoyada sobre su vientre de ocho meses.

Entonces vio las cortinas.

Estaban ardiendo.

Las llamas trepaban por la tela blanca y alcanzaban ya parte del techo. Una nube negra comenzaba a extenderse por toda la habitación.

Valeria se levantó con dificultad.

Tosió.

El bebé se movió con fuerza dentro de ella.

—Tranquilo, mi amor… mamá está aquí.

Corrió hacia la puerta.

Giró el pomo.

No se abrió.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Estaba cerrada con llave desde afuera.

Valeria golpeó con ambas manos.

—¡Abran la puerta!

Nadie respondió.

El humo era cada vez más espeso.

Se cubrió la boca con la manga y volvió a golpear.

—¡Mi bebé no puede respirar!

En el pasillo, Teresa observaba la puerta.

La suegra de Valeria sostenía la llave entre los dedos. Llevaba un elegante vestido oscuro y una expresión completamente tranquila.

A su lado había una pequeña lata vacía de combustible.

Escuchó los gritos de su nuera.

Ni siquiera pestañeó.

—Parecerá un incendio accidental —murmuró.

Dentro, Valeria retrocedió hacia la cama.

Las llamas ya habían alcanzado una mesa de madera. El calor quemaba su piel. Buscó el teléfono, pero no estaba donde lo había dejado.

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