El ascensor panorámico de la mansión se convirtió en una trampa mortal.
Valeria había entrado sola para bajar al primer piso.
Tenía ocho meses de embarazo.
En cuanto las puertas se cerraron, las luces comenzaron a parpadear.
El ascensor se detuvo bruscamente entre dos niveles.
Un segundo después, un potente chorro de agua comenzó a salir del techo.
Valeria levantó la vista.
Golpeó el botón de alarma.
No respondió.
Intentó abrir las puertas.
Estaban completamente bloqueadas.
El agua seguía entrando.
Primero cubrió el suelo.
Luego sus tobillos.
Después las rodillas.
Al otro lado del cristal, una mujer observaba desde la sala de control.
Era Teresa.
La madre de Daniel.
Sujetaba el panel del sistema hidráulico con absoluta tranquilidad.
—Si el ascensor cae al lago artificial, nadie dudará de que fue un accidente.
Valeria golpeó desesperadamente el vidrio.
Teresa no mostró ninguna emoción.
Solo abrió una segunda válvula.
El agua comenzó a entrar todavía más rápido.
En menos de un minuto llegó hasta la cintura.
Valeria respiraba con dificultad.
Protegía su vientre con ambas manos.
Entonces escuchó un motor acercándose.
Un automóvil frenó violentamente frente a la mansión.
Daniel bajó corriendo.
Un guardia intentó detenerlo.
—¡Señor, el sistema está bloqueado!
Él levantó la vista.
Vio a Valeria atrapada.
El agua ya le llegaba al pecho.
Y comprendió inmediatamente que aquello no era un accidente.
Corrió hasta el armario de emergencias.
Sacó un extintor.
Golpeó el cristal con todas sus fuerzas.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El vidrio apenas se agrietó.
Era cristal blindado.
—¡Resiste!
Valeria apoyó una mano contra el vidrio.
Las lágrimas corrían por su rostro.
—Daniel…
Entonces sintió un dolor insoportable.
Se dobló sobre sí misma.
Otra contracción.
Después otra.
Miró a su esposo con pánico.
—Daniel…
El bebé viene ahora.
Él dejó de respirar.
—No…
Todavía no.
Valeria negó lentamente.
Su cuerpo ya no podía esperar.
Dentro del ascensor inundado…
Comenzó el parto.
El agua seguía subiendo.
Cada respiración era más difícil que la anterior.
Daniel continuó golpeando el cristal hasta que sus manos comenzaron a sangrar.
No conseguía romperlo.
Los paramédicos ya venían de camino.
Pero no llegarían a tiempo.
Valeria gritó.
El dolor la atravesó por completo.
Después…
Todo quedó en silencio.
Durante unos segundos no se escuchó nada.
Daniel sintió que el corazón se detenía.
Hasta que…
Un pequeño llanto rompió el silencio.
El recién nacido lloraba.
Daniel cayó de rodillas de alivio.
—¡Está vivo!
Valeria tomó a su hijo entre los brazos.
Lo abrazó apenas un instante.
Pero el agua ya le cubría los hombros.
Comprendió que solo había una manera de salvarlo.
Levantó al bebé por encima de su cabeza.
Todo lo que pudo.
Mientras ella seguía hundiéndose.
—Respira, mi amor…
Respira…
El agua llegó hasta su cuello.
Luego a su boca.
Ella seguía sosteniendo al pequeño con los brazos completamente estirados.
Daniel golpeó una última vez.
El cristal finalmente cedió en una esquina.
Solo se abrió un pequeño agujero.
Demasiado pequeño para sacar a un adulto.
Pero suficiente para un recién nacido.
Daniel introdujo el brazo por la abertura.
—¡Dámelo!
Valeria dio un paso.
El agua ya cubría completamente su rostro.
Solo sus brazos permanecían fuera.
El bebé lloraba.
Daniel estiró la mano todo lo que pudo.
Sus dedos casi tocaron la manta.
Solo faltaban unos centímetros.
Entonces…
El ascensor emitió un fuerte crujido.
Los cables comenzaron a romperse.
Una alarma ensordecedora llenó toda la mansión.
El mecanismo de sujeción había cedido.
El ascensor empezó a deslizarse hacia abajo.
Primero unos centímetros.
Después cada vez más rápido.
Daniel comprendió que iba a caer.
Sujetó con una mano el borde roto del cristal.
Con la otra siguió intentando alcanzar al bebé.
—¡No lo sueltes!
Valeria, completamente bajo el agua, ya no podía responder.
Solo mantenía los brazos levantados con las últimas fuerzas que le quedaban.
El ascensor aceleró.
Daniel logró sujetar la pequeña manta que envolvía al recién nacido.
Pero en ese mismo instante…
La tela comenzó a resbalar entre sus dedos.
Abajo, el pozo del ascensor estaba completamente inundado.
Y el impacto era inevitable.
Mientras los cables se rompían uno tras otro y el ascensor caía hacia la oscuridad, el último sonido que se escuchó en toda la mansión fue el llanto del bebé…
…seguido por el grito desesperado de Daniel:
—¡No lo sueltes!