Todos humillaron a una camarera pensando que quería seducir a un hombre casado… hasta que ella mostró una vieja foto y una simple manta de bebé hizo que el millonario quedara paralizado.

El salón principal del Hotel Imperium parecía sacado de una película.

Candelabros gigantes iluminaban mesas cubiertas con manteles blancos impecables mientras la élite de la ciudad brindaba con champagne bajo el sonido suave de un cuarteto de violines.

Era la gala benéfica más importante del año.

Empresarios.

Actrices.

Políticos.

Todos estaban allí.

Y en el centro del salón, rodeado de fotógrafos y sonrisas falsas, estaba Alejandro Castell.

Uno de los hombres más ricos e influyentes del país.

A su lado permanecía su elegante esposa, Verónica, vestida con un vestido rojo brillante cubierto de diamantes.

Parecían la pareja perfecta.

Hasta que ocurrió el accidente.

Una joven camarera caminaba cuidadosamente entre las mesas sosteniendo una enorme bandeja llena de copas de cristal.

Su uniforme era sencillo y sus manos temblaban ligeramente por los nervios.

Se llamaba Lucía.

Y aquella noche necesitaba desesperadamente acercarse a Alejandro.

Cuando pasó cerca de la mesa principal, alguien chocó contra ella.

La bandeja cayó al suelo.

CRASH.

El sonido del cristal rompiéndose hizo que todo el salón quedara en silencio.

Las copas explotaron sobre el mármol brillante mientras el champagne mojaba parte del traje de Alejandro.

Varias personas retrocedieron sorprendidas.

Lucía cayó de rodillas inmediatamente.

—Lo siento… lo siento muchísimo…

Pero Verónica reaccionó con furia instantánea.

—¡¿Qué demonios te pasa?!

Las miradas comenzaron a llenarse de desprecio.

Una mujer elegante murmuró:

—Seguro quería llamar la atención.

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